David Copperfield
David Copperfield Al día siguiente, después del desayuno, reanudé mi vida escolar. Me dirigí, en compañía del señor Wickfield, al escenario de mis futuros estudios: un edificio de aspecto solemne, con un gran patio, donde reinaba una atmósfera de sabiduría que armonizaba muy bien con las cornejas y los grajos extraviados que bajaban de las torres de la catedral a pasearse por el césped con aspecto de clérigos, y donde me presentaron a mi nuevo maestro, el doctor Strong.
Éste me pareció casi tan oxidado como las altas verjas de hierro que rodeaban el colegio; y casi tan rígido y pesado como las grandes urnas de piedra que las flanqueaban, a intervalos regulares, sobre el muro de ladrillo rojo, al igual que unos sofisticados bolos con los que el Tiempo pudiese jugar. Estaba en su biblioteca (me refiero al doctor Strong); sus ropas no estaban bien cepilladas, ni sus cabellos demasiado peinados; tenía los pantalones mal abrochados y las largas polainas negras sin abotonar; sus zapatos parecían abrir la boca como dos oscuras cavernas sobre la estera de la chimenea. Volvió hacia mí unos ojos sin brillo, que trajeron a mi memoria un viejo caballo ciego, largo tiempo olvidado, que solía pacer en el cementerio de Blunderstone y tropezar entre sus tumbas. Me dijo que se alegraba mucho de conocerme y me tendió su mano; aunque no supe qué hacer con ella, pues no hacía nada por sí misma.
