David Copperfield
David Copperfield Le respondÃ, convencido de mis palabras, que sus parientes deberÃan avergonzarse de su conducta.
–Y, sin embargo, eso fue lo que ocurrió –dijo la señora Micawber–. En esas circunstancias, ¿qué podÃa hacer un hombre como el señor Micawber? Sólo le quedaba una elección: pedir prestado a esa rama de mi familia el dinero necesario para regresar a Londres, a costa de cualquier sacrificio.
–¿Y volvieron todos a Londres, señora Micawber? –inquirÃ.
–Asà es –repuso ella–. Desde entonces, he consultado con otras ramas de mi familia sobre el rumbo que deberÃa seguir el señor Micawber; pues soy de la opinión de que tiene que seguir alguno, señor Copperfield –exclamó la señora Micawber, llena de lógica–. Es ostensible que una familia de seis personas, sin incluir a un criado, no puede vivir del aire.
–Tiene usted razón, señora –repliqué.
–La opinión de esas otras ramas de mi familia –prosiguió la señora Micawber– es que mi marido deberÃa centrar su atención en el carbón.
–¿En qué, señora Micawber?