David Copperfield
David Copperfield Subimos y bajamos por tantos caminos, y perdimos tanto tiempo entregando el armazón de una cama en una posada y deteniéndonos en otros lugares, que yo estaba completamente extenuado y me alegré de veras cuando divisamos Yarmouth. Mientras recorría con la mirada aquel enorme y monótono arenal, al otro lado del río, pensé que parecía un lugar realmente húmedo y pantanoso; y si el mundo era tan redondo como afirmaba mi libro de geografía, ¿cómo podía ser tan llana una de sus partes? Aunque quizá Yarmouth estuviera situado en uno de sus polos, y eso lo explicaría todo.
A medida que nos fuimos acercando y avistamos todo el panorama adyacente –una línea recta y lisa bajo el cielo–, le insinué a Peggotty que una o dos pequeñas colinas habrían embellecido el paisaje; también le dije que, si la tierra hubiera estado más separada del mar, y la ciudad y las mareas no se hubiesen entremezclado de aquel modo, como el agua fría y el pan caliente, el lugar habría sido más bonito. Pero Peggotty me contestó, con mayor hincapié del habitual, que teníamos que aceptar las cosas tal como eran y que ella, por su parte, estaba orgullosa de ser un «arenque ahumado» de Yarmouth.