David Copperfield
David Copperfield Había otra dama en el comedor. Era morena, más bien menuda y, aunque no carente de belleza, había algo desagradable en su aspecto. Ya fuera porque no había esperado encontrarla, porque me sentaron frente a ella, o porque había algo realmente singular en su apariencia, lo cierto es que llamó poderosamente mi atención. Era una mujer delgada, de pelo muy oscuro y ojos negros y expresivos, con una cicatriz encima del labio. Era una vieja marca, yo diría más bien una sutura, pues no había perdido el color y llevaba cerrada mucho tiempo. Apenas resultaba visible desde donde yo estaba, si exceptuamos el labio superior, ligeramente deformado, pero debía de ser una antigua herida que le atravesaba los dos labios y bajaba hacia la barbilla. Llegué a la conclusión de que rondaba los treinta años y de que deseaba contraer matrimonio. Se encontraba algo deslucida, como una casa que llevara mucho tiempo sin alquilar; y, sin embargo, como he dicho antes, no era nada fea. Su delgadez parecía provenir de un fuego interior que la consumía y que se reflejaba en sus ojos febriles.