David Copperfield
David Copperfield Había en la casa un criado que, según tengo entendido, había entrado al servicio de Steerforth en la universidad y solía acompañarlo siempre en sus desplazamientos. Aquel hombre era, al parecer, un modelo de respetabilidad. No creo que haya existido jamás, entre la gente de su condición, alguien más respetable que él. Era taciturno, respetuoso, atento, de andares silenciosos y ademanes tranquilos; siempre estaba a mano cuando era necesario y desaparecía cuando podía molestar. Y, sin embargo, la mayor de sus virtudes era la respetabilidad. La expresión de su rostro no era nada servil, llevaba muy erguidos el cuello y la cabeza –con dos mechones de pelo muy cortos a los lados, que adornaban sus sienes–, hablaba suavemente y tenía una manera muy particular de arrastrar las eses, tan marcadamente que parecía que las empleaba con más frecuencia que nadie; pero todas esas peculiaridades contribuían a hacer de él un hombre respetable. Si su nariz hubiera estado del revés, habría encontrado el modo de parecer aún más respetable. Se había rodeado de una atmósfera de respetabilidad, y se movía dentro de ella como pez en el agua. Habría sido casi imposible sospechar nada malo de él, ¡era tan respetable! A nadie se le habría ocurrido vestirlo con una librea, ¡su respetabilidad era tan grande! Imponerle una tarea vulgar habría sido un insulto gratuito a los sentimientos de un hombre tan respetable. Me di cuenta de que las criadas de la casa lo habían comprendido muy bien, de forma intuitiva, pues siempre se encargaban ellas de esa clase de trabajos mientras él, generalmente, leía el periódico junto al fuego.
