David Copperfield

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La muchacha que había visto en la playa estaba sentada en el suelo, cerca de la chimenea, con la cabeza y uno de los brazos apoyados en una silla. Imaginé, al ver su postura, que Emily acababa de ponerse en pie y que tal vez aquella cabeza afligida había estado recostada en su regazo. Apenas pude verle el rostro, sobre el que caían los cabellos sueltos y en desorden, como si ella misma los hubiera despeinado; pero vi que era joven y de tez muy blanca. Peggotty había llorado. La pequeña Emily, también. Cuando entramos, nadie dijo nada; y, en medio de aquel silencio, el reloj holandés que había junto a la cómoda parecía hacer tictac dos veces más fuerte que de costumbre.

Emily fue la primera en hablar.

–Martha quiere irse a Londres –le dijo a Ham.

–¿Y por qué a Londres? –preguntó él.

El joven estaba de pie entre las dos; jamás he olvidado la expresión con que contemplaba a la muchacha postrada en el suelo, con una mezcla de compasión y de celos ante la idea de que fuese amiga de su amada. Ambos hablaban como si ella estuviera enferma, con voz suave y apagada, casi entre susurros, pero se les oía con claridad.

–Estaré mejor en Londres que aquí –afirmó una tercera voz, la de Martha, que siguió inmóvil–. Allí nadie sabe quién soy. Aquí todo el mundo me conoce.


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