David Copperfield

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XXIV Mis primeros excesos


Era maravilloso tener para mí aquel castillo en las alturas y, al cerrar la puerta exterior, sentirme como Robinson Crusoe cuando, una vez dentro de su fortificación, retiraba la escala por la que había subido. Era maravilloso caminar por la ciudad con la llave en el bolsillo, y saber que podía invitar a quien quisiera, con la seguridad de que no molestaría a nadie. Era maravilloso entrar y salir, ir y venir a mi antojo; y llamar a la señora Crupp cuando la necesitaba y verla llegar –cuando a ella le venía bien–, toda sofocada, después de haber subido desde las profundidades de la tierra. Todo eso, como digo, era maravilloso; pero he de reconocer que había momentos en los que resultaba muy triste.

Era muy agradable por la mañana, especialmente cuando hacía buen tiempo. A la luz del día, la vida era hermosa y libre, sensación que se intensificaba si brillaba el sol. Sin embargo, a medida que el día declinaba, la vida parecía declinar también; e, ignoro por qué motivo, perdía todo su encanto a la luz de las velas. Necesitaba a alguien con quien conversar. Echaba de menos a Agnes. Sentía un tremendo vacío en el lugar que mi risueña confidente había ocupado. La señora Crupp parecía vivir a una gran distancia. Y yo me acordaba de mi antecesor, que había muerto a causa de la bebida y del humo; y me habría gustado que siguiera en este mundo, en lugar de atormentarme con su muerte.


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