David Copperfield

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XXV Ángeles buenos y ángeles malos


Me disponía a salir de casa, a la mañana siguiente de aquel aciago día de dolor de cabeza, malestar y arrepentimiento, extrañamente confuso acerca de la fecha en que se había celebrado mi pequeña fiesta –como si un ejército de titanes hubiera empujado el anteayer unos cuantos meses atrás con una enorme palanca–, cuando vi subir por la escalera a un mensajero con una carta en la mano. No parecía tener ninguna prisa por cumplir su encargo; pero, al darse cuenta de que le miraba desde arriba, por encima de la barandilla, inició un pequeño trote y llegó jadeando, como si hubiera corrido hasta quedar exhausto.

–¿Señor T. Copperfield? –preguntó, rozando el sombrero con un extremo de su pequeño bastón.

La convicción de que aquella misiva era de Agnes me trastornó de tal modo que pensé que no sería capaz de pronunciar palabra. Logré balbucir, sin embargo, que yo era el señor T. Copperfield; él me creyó y me entregó la carta, diciendo que esperaba contestación. Le pedí que aguardara en el descansillo mientras escribía la respuesta; y volví a entrar en casa y a cerrar la puerta, en un estado tal de agitación que, antes de decidirme a romper el lacre, tuve que dejar el sobre encima de la mesa para familiarizarme un poco con él.


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