David Copperfield

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Mi madre estaba sentada junto a la chimenea, muy débil y abatida, contemplando el fuego a través de las lágrimas, presa del desánimo ante su suerte y la del pequeño huérfano, al que daban ya la bienvenida al mundo –que no parecía demasiado contento con su llegada– algunas docenas de proféticos alfileres en un cajón del piso superior; mi madre, como iba diciendo, se encontraba aquella tarde clara y ventosa del mes de marzo sentada al amor de la lumbre, triste y temerosa, casi sin esperanzas de salir con vida del trance que le aguardaba, cuando, al alzar los ojos para enjugar sus lágrimas, divisó por la ventana a una dama desconocida que se acercaba por el jardín.

Al mirarla por segunda vez, mi madre tuvo el convencimiento de que era la señorita Betsey. El sol del atardecer iluminaba su figura por encima de la valla del jardín, mientras caminaba hacia la puerta con un paso tan enérgico y un semblante tan decidido que sólo podía tratarse de ella.

Cuando llegó a la entrada, dio otra prueba de su identidad. Mi padre había comentado a menudo que rara vez se comportaba como el resto de los mortales; y, en aquellos momentos, en lugar de tocar la campanilla de la puerta, se acercó a la ventana y miró dentro del gabinete, aplastando de tal modo la punta de su nariz contra el cristal que mi pobre y querida madre solía decir que se le había quedado inmediatamente blanca y achatada.


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