David Copperfield
David Copperfield No volví a ver a Uriah Heep hasta el día en que Agnes abandonó la ciudad. Yo estaba en las oficinas de la diligencia para despedirme de ella y verla marchar, cuando apareció él, que regresaba a Canterbury en el mismo vehículo. Sentí cierto consuelo al percatarme de que su sobretodo, de cintura estrecha, altos hombros y color morado, se hallaba colocado en el techo del carruaje, junto a un paraguas que parecía una pequeña tienda de campaña, en el borde del asiento trasero, mientras que Agnes, como es natural, viajaba en el interior; pero el esfuerzo que me vi obligado a hacer para ser amable con él, mientras Agnes me miraba, tal vez mereciera aquella pequeña recompensa. En la ventanilla de la diligencia, al igual que durante la cena de los señores Waterbrook, su figura parecía cernirse sobre nosotros sin descanso, como un enorme buitre: devorando cada una de las palabras que yo le decía a Agnes o que ella me decía a mí.
