David Copperfield

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XXVIII El guante del señor Micawber


Hasta el día en que debía recibir a los viejos amigos que había vuelto a encontrar, viví principalmente de Dora y de café. Languidecer de amor me hizo perder el apetito; y yo me alegraba de ello, ya que me habría parecido que traicionaba a Dora si hubiera disfrutado de la comida. En este sentido, mis interminables paseos no tuvieron el resultado habitual, pues la desesperación contrarrestaba el efecto del aire libre. Además, tengo mis dudas, basadas en la cruel experiencia adquirida en aquel período de mi vida, de que en un ser humano sometido a la tortura de unas botas demasiado pequeñas pueda desarrollarse libremente el apetito de alimento animal. Creo que las extremidades deben sentirse a sus anchas para que el estómago funcione bien.

Con motivo de aquella pequeña fiesta hogareña, no incurrí en los exagerados preparativos de mi anterior convite. Me limité a comprar un par de lenguados, una pequeña pierna de cordero y un pastel de pichón. La señora Crupp se rebeló ante mi primera y tímida insinuación de que cocinara el pescado y los demás platos.

–¡No! ¡No, señor! –exclamó con aire de dignidad ofendida–. No puede usted pedirme eso; me conoce demasiado bien para creerme capaz de hacer algo que no pueda realizar a mi completa satisfacción.


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