David Copperfield

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IV Caigo en desgracia


Si la habitación donde trasladaron mi cama tuviese sentimientos y pudiera prestar declaración, yo la citaría hoy mismo (me pregunto quién dormirá ahora en ella) para que testificase cuán grande era mi desconsuelo al entrar en ella. Subí las escaleras sin dejar de oír al perro, que seguía ladrándome desde el patio; dirigí al dormitorio la misma mirada ausente y aturdida que éste pareció dirigirme a mí; me senté con las manos cruzadas y empecé a pensar…

Estuve dando vueltas a las cosas más extrañas: a la forma de la habitación, a las grietas del techo, al empapelado de las paredes, a los defectos del cristal de la ventana que llenaban el paisaje de pequeñas ondulaciones y cavidades, al lavabo con sus tres patas desiguales, cuyo aspecto disgustado me recordaba a la señora Gummidge cuando pensaba en su viejo marido. Entretanto, lloraba sin cesar; y, sin embargo, aunque tenía frío y mi ánimo estaba por los suelos, estoy seguro de que no sabía por qué derramaba tantas lágrimas. Finalmente, en mi desconsuelo, empecé a imaginar que estaba apasionadamente enamorado de la pequeña Emily y que me habían separado de ella para llevarme a un lugar donde nadie parecía quererme o preocuparse por mí, ni la mitad de lo que lo hacía ella. Semejante idea acabó de sumirme en la desesperación, por lo que me acurruqué en una esquina de la cama y lloré hasta quedar dormido.


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