David Copperfield
David Copperfield Llegué a Yarmouth al anochecer y me dirigí a la posada. Sabía que la habitación libre de Peggotty, mi dormitorio, no tardaría en ser ocupada si el terrible Visitante, ante el que todos los vivos deben inclinarse, no estaba ya en la casa; de modo que entré en la posada, cené y reservé un cuarto.
Eran las diez cuando salí a la calle. Apenas quedaban comercios abiertos y la ciudad parecía desierta. Al llegar a la altura de Omer y Joram, vi que los postigos de las ventanas estaban cerrados, pero no la puerta. Como distinguí la figura del señor Omer en el interior, fumando su pipa junto a la puerta de la trastienda, decidí entrar y preguntarle qué tal estaba.
–¡Caramba! –dijo el señor Omer–. ¿Cómo se encuentra usted? Siéntese. No le molesta el humo, ¿verdad?
–En absoluto –contesté–. Me gusta… en la pipa de otros.
–Y no en la suya, ¿eh? –exclamó el señor Omer, riéndose–. ¡Tanto mejor, señor! Es una mala costumbre para un joven. Siéntese. Yo fumo por el asma.
El señor Omer me hizo sitio y trajo una silla. Tomó asiento de nuevo, sin resuello, aspirando el tabaco de su pipa como si fuera a suministrarle el aire que le impediría irse al otro mundo.
