David Copperfield
David Copperfield Durante muchos años, el marido de Peggotty había llevado esa caja, día tras día, en todos sus desplazamientos. Con el fin de que no llamara tanto la atención, había inventado la historia de que su propietario era un tal «señor Blackboy», quien la había dejado «en manos del señor Barkis» hasta nuevo aviso; fábula que había escrito con sumo cuidado en la tapa, con unas letras que ahora resultaban casi ilegibles.
Me di cuenta de que, durante todo aquel tiempo, el señor Barkis no había ahorrado en vano. Su fortuna en dinero se elevaba a casi tres mil libras. Legaba el usufructo de mil libras al señor Peggotty; y, después de su muerte, éstas debían dividirse entre Peggotty, la pequeña Emily y yo, o entre los que sobreviviéramos de nosotros, en partes iguales. El resto de sus bienes se los dejaba a Peggotty, a la que nombraba legataria universal y única albacea de sus últimas voluntades.
Me sentí un verdadero procurador eclesiástico cuando, con la mayor solemnidad, leí este documento en voz alta y expliqué una y otra vez sus disposiciones a los interesados. Empecé a pensar que los Commons tenían más importancia de la que había imaginado. Examiné el testamento con la mayor atención, declaré que todo estaba en regla, hice algunas anotaciones a lápiz en el margen, y me sorprendió ver cuánto sabía.