David Copperfield
David Copperfield Durante todo ese tiempo yo había seguido amando a Dora más que nunca. Pensar en ella me servía de refugio en medio de los contratiempos y del dolor, e incluso mitigaba un poco mi pena por la pérdida de Steerforth. Cuanto más me compadecía de mí mismo o de los demás, con más empeño buscaba consuelo en el recuerdo de Dora. Cuanto mayor era el número de mentiras y de sufrimientos en el mundo, más pura y brillante resplandecía en el cielo la estrella de Dora. No creo que tuviera una idea bien definida de la naturaleza de mi amada, ni de su grado de parentesco con algún ser sobrenatural; pero estoy convencido de que habría rechazado con indignación y desprecio la idea de que pudiera ser simplemente humana, como cualquier otra joven.
Por decirlo de algún modo, estaba impregnado de Dora. No sólo estaba locamente enamorado de ella, sino que todo mi ser estaba embebido de ella. Si me hubieran exprimido, hablando metafóricamente, habrían sacado de mí el amor suficiente para ahogar a cualquiera; y habría seguido quedando dentro de mí suficiente para inundar toda mi existencia.
