El grillo del hogar
El grillo del hogar El puchero tuvo la culpa de todo. No me repitáis, por favor, lo que a la señora Peerybingle se le ocurrió decir. Yo sé mejor que ella cómo sucedió. La señora Peerybingle puede pasarse la vida, si así lo desea, afirmando que no sabe cuál de los dos empezó primero; pero yo sí sé que fue el puchero. Creo que estaba en situación de saberlo. El puchero comenzó unos cinco minutos antes de que el grillo diera su primer chirrido, según el relojito holandés de caja encerada, situado en el rincón.
¡Como si el reloj no hubiese cesado de tocar, ni el convulso segadorcito que lo culmina no hubiese terminado de dar golpes de derecha a izquierda con su guadaña, frente a un palacio morisco, y no hubiese segado la mitad de un acre de un imaginario césped, antes de que el grillo hubiese dado señales de existencia!
Porque no es que yo sea testarudo. Todo el mundo sabe que jamás pretendería imponer mi opinión personal contra la de la señora Peerybingle, a menos que estuviera absolutamente seguro de todos y cada uno de los detalles respectivos. Nada puede inducirme a adoptar tal actitud: Pero es que se trata de una cuestión de hecho. Y el hecho resulta ser que el puchero fue quien comenzó por lo menos cinco minutos antes de que el grillo diese señal alguna de su existencia; y, si se me contradice, entonces afirmaré rotundamente que fueron diez.
