El grillo del hogar
El grillo del hogar Además, el puchero demostraba ser puntilloso y obstinado. No le venía en gana dejarse colocar en la barra superior de la rejilla, no quería dejarse convencer de que se acomodara amablemente sobre las anfractuosidades del carbón; al contrario, se inclinaba hacia delante con ademanes de borracho, derramando así, ¡vaya puchero idiota!, el agua sobre el hogar. Con el fuego se comportaba pendenciero y silbaba y chisporroteaba malhumorado. En fin, para resumir, la tapadera, resistiendo los esfuerzos de los dedos de la señora Peerybingle, empezó por perder el equilibrio y luego, con una paciencia digna de mejor causa, se hundió hasta el fondo del puchero. Y ni el casco del «Royal George» se hubiera atrevido a oponer ni la mitad de la monstruosa resistencia, para salir del agua, que la que empleó la tapadera del puchero contra la señora Peerybingle antes de permitirle conseguir su propósito.
Incluso entonces se manifestó bastante resentida y terca, manteniendo su asa con un aire de desafío y levantando el gollete como si quisiera decirle: «No me da la gana de hervir. Nada ni nadie puede obligarme a ello».
