Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas Contesté que le proporcionarÃa la lima y los restos de comida que pudiera alcanzar y que todo se lo llevarÃa a la mañana siguiente, muy temprano, para entregárselo en la BaterÃa.
— ¡Dios te mate si no lo haces! -exclamó el hombre.
Yo dije lo mismo y él me puso en el suelo.
— Ahora -prosiguió- recuerda lo que has prometido; recuerda también al joven del que te he hablado, y vete a casa.
— Bue… buenas noches, señor -tartamudeé.
— ¡Ojalá las tenga buenas! -dijo mirando alrededor y hacia el marjal-. ¡Ojalá fuese una rana o una anguila!
Al mismo tiempo se abrazó a sà mismo con ambos brazos, como si quisiera impedir la dispersión de su propio cuerpo, y se dirigió cojeando hacia la cerca de poca elevación de la iglesia. Cuando se marchaba, pasando por entre las ortigas y por entre las zarzas que rodeaban los verdes montÃculos, iba mirando, según pareció a mis infantiles ojos, como si quisiera eludir las manos de los muertos que asomaran cautelosamente de las tumbas para agarrarlo por el tobillo y meterlo en las sepulturas.