Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas - ¿Lo cree usted? - preguntó el señor Wemmick -. Me parece que es casi lo mismo. Llevaba el sombrero echado hacia atrás y miraba en línea recta ante él. Andaba como si nada en la calle fuese capaz de llamarle la atención. Su boca se parecía a un buzón de correos y tenía un aspecto maquinal de que sonreía, y llegamos a lo alto de la colina de Holborn antes de que yo me diese cuenta de este detalle y de que, realmente, no sonreía.
- ¿Sabe usted dónde vive el señor Pocket? - pregunté al señor Wemmick.
- Sí - contestó señalando con un movimiento de la cabeza la dirección en que se hallaba la casa -. En Hammersmith, al oeste de Londres.
- ¿Está lejos?
- Ya lo creo. A cosa de unas cinco millas.
- ¿Le conoce usted?
- ¡Caramba! ¡Es usted un maestro en hacer preguntas! - exclamó el señor Wemmick mirándome con aire de aprobación -. Sí, le conozco. Le conozco.