Grandes Esperanzas

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Me llevó a un rincón y me hizo subir un tramo de escalera que, según me pareció, iba muriendo lentamente al convertirse en serrín, de manera que, muy poco después, los huéspedes de los pisos altos saldrían a las puertas de sus habitaciones observando que ya no tenían medios de bajar a la calle, y así llegamos a una serie de habitaciones situadas en el último piso. En la puerta había un letrero pintado, que decía: «SEÑOR POCKET, HIJO», y en la ranura del buzón estaba colgada una etiqueta en la que se leía: «Volverá en breve». - Seguramente no se figuraba que usted vendría tan pronto - explicó el señor Wemmick -. ¿Me necesita todavía? - No; muchas gracias - le dije. - Como soy encargado de la caja - observó el señor Wemmick -, tendremos frecuentes ocasiones de vernos. Buenos días. -Buenos días. Tendí la mano, y el señor Wemmick la miró, al principio, como figurándose que necesitaba algo. Luego me miró y, corrigiéndose, dijo: - ¡Claro! Sí, señor. ¿Tiene usted la costumbre de dar la mano? Yo me quedé algo confuso, creyendo que aquello ya no sería moda en Londres, y le contesté afirmativamente. - Yo he perdido ya la costumbre de tal manera… - dijo el señor Wemmick-, exceptuando cuando me despido en definitiva de alguien. Celebro mucho haberle conocido. Buenos días.



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