Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas
El joven caballero pálido y yo nos quedamos contemplándonos mutuamente en la Posada de Barnard hasta que ambos nos echamos a reír a carcajadas.
- ¿Quién se iba a figurar que sería usted? - exclamó.
- ¿Y cómo podía imaginarme que fuese usted? - dije yo a mi vez.
Luego nos contemplamos otra vez y de nuevo nos echamos a reír.
- Perfectamente - dijo el joven caballero pálido, ofreciéndome afablemente la mano - Espero que considerará usted terminado el asunto y que me perdonará magnánimamente los golpes que le di aquel día.
Por estas palabras comprendí que el señor Herbert Pocket, porque así se llamaba el joven, seguía confundiendo su intención con la realidad. Pero yo contesté modestamente y nos estrechamos las manos con afecto.
- Supongo que entonces no había usted empezado a gozar de su buena fortuna - dijo Herbert Pocket.
- No - le contesté.
- Tiene usted razón - confirmó él -. Me he enterado de que eso ocurrió hace muy poco tiempo. Entonces yo estaba buscando mi fortuna.
- ¿De veras?
