Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas Tome otro vaso de vino y perdóneme si le indico que la sociedad, en conjunto, no espera que un comensal sea tan concienzudo al vaciar un vaso como para volcarlo completamente con el borde apoyado en la nariz.
Yo había hecho eso, atento como estaba a su relato. Le di las gracias y me excusé.
Él me dijo que no había de qué y continuó: La señorita Havisham era, entonces, una rica heredera, y ya puede usted comprender que todos la consideraban un gran partido.
Su hermano tenía otra vez bastante dinero, pero entre sus deudas y sus locuras lo derrochó vergonzosamente. Había grandes diferencias entre ambos hermanos, mucho mayores que entre el muchacho y su padre, y se sospecha que él tenía muy mala voluntad a su hermana, persuadido de que fue la causa de la cólera que el padre sintió contra el hijo.
Y ahora llego a la parte más cruel de la historia, aunque debo interrumpirle, mi querido Haendel, para observarle que la servilleta no se mete en el vaso.
No puedo explicar por qué hacía yo aquello, pero sí he de confesar que de pronto vi que, con una perseverancia digna de mejor causa, hacía tremendos esfuerzos para comprimirla en aquellos estrechos límites.