Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas Si aquella antigua casa inmediata al Green, en Richmond, llega algún dÃa a ser visitada por los duendes, indudablemente- lo será por mi fantasma. ¡Cuántas y cuántas noches y dÃas, el inquieto espÃritu que me animaba frecuentaba la casa en que vivÃa Estella! Cualquiera que fuese el sitio en que se hallaba mi cuerpo, mi espÃritu iba siempre errante y rondando aquella casa. La señora con quien Estella vivÃa, la señora Brandley, era viuda y tenÃa una hija de algunos años más que Estella. La madre tenÃa juvenil aspecto, y la muchacha, en cambio, parecÃa vieja; la tez de la madre era sonrosada, y la de su hija, amarillenta; la madre no pensaba más que en frivolidades, y la hija, en asuntos teológicos. Disfrutaban de lo que se llama una buena posición, y visitaban y eran visitadas por numerosas personas. Muy pequeña, en caso de que existiera, era la identidad de sentimientos que habÃa entre ella y Estella, pero en el ánimo de todos existÃa la convicción de que aquellas dos señoras eran necesarias a la protegida de la señorita Havisham y que ella también era, a su vez, necesaria a aquéllas. La señora Brandley habÃa sido amiga de la señorita Havisham antes de que ésta empezase a llevar su retirada vida. En la casa de la señora Brandley, y también fuera de ella, sufrà toda clase y todo grado de penas y torturas que Estella pudo causarme. La naturaleza de mis reláciones con ella, que me situaban en términos de familiaridad, aunque sin gozar de su favor, era la causa de mi desgracia. Se valÃa de mà para molestar a otros admiradores y utilizaba la familiaridad existente entre los dos para darme continuos desaires en la devoción que yo le demostraba. De haber sido yo su secretario, su administrador, su hermanastro o un pariente pobre; si hubiese sido un hermano menor o me hubiesen destinado a casarme con ella, no me habrÃa sentido con esperanzas más inciertas cuando estaba a su lado. El privilegio de llamarla por su nombre y de oÃrla que me llamaba por el mÃo era, en tales circunstancias, una agravación de mis penas; y asà como supongo que ello casi enloquecÃa a sus restantes admiradores, estoy seguro, en cambio, de que me enloquecÃa a mÃ. Sus admiradores eran innumerables, aunque es posible que mis celos convirtiesen en admirador a cualquier persona que se acercase a ella; pero aun sin esto, eran muchos más de los que yo habrÃa querido. Con frecuencia la veÃa en Richmond, asà como también en la ciudad, y solÃa ir bastante a menudo a casa de los Brandley para llevarla al rÃo; se daban meriendas, fiestas; asistÃamos al teatro, a la ópera, a los conciertos, a las reuniones y a diversiones de toda suerte. Yo la solicitaba constantemente, y de ello no resultaban más que penalidades sin cuento para mÃ. En su compañÃa jamás gocé de una sola hora de felicidad, y, sin embargo, durante las veinticuatro horas del dÃa no pensaba más que en tenerla a mi lado hasta la hora de mi muerte. Durante toda aquella época de relación constante, y que duró según se verá, un espacio de tiempo que entonces me pareció muy largo, ella tenÃa la costumbre de dar a entender que nuestro trato era obligado para ambos. Otras veces parecÃa contenerse para no dirigirme la palabra en cualquiera de los tonos que me resultaban desagradables, y en tales casos me expresaba su compasión. -Pip, Pip - me dijo una tarde después de contenerse cuando nos sentábamos junto a una ventana de la casa de Richmond. - ¿No se dará usted nunca por avisado? - ¿De qué? - Acerca de mÃ. - ¿Quiere usted decir que debo darme por avisado a fin de no dejarme atraer por usted? 144 - ¿Acaso le he dicho eso? Si no sabe a lo que me refiero será porque usted es ciego. Yo podÃa haberle contestado que, por lo general, se considera que el amor es ciego; pero como jamás podÃa expresarme con libertad, y ésta no era la menor de mis penas, me dije que serÃa poco generoso por mi parte el asediarla, toda vez que ella no tenÃa más remedio que obedecer a la señorita Havisham. Mi temor era siempre que tal conocimiento, por su parte, me pusiera en situación desventajosa ante su orgullo y me convirtiese en el objeto de una lucha rebelde en su pecho. - Sea como sea – dije, - hasta ahora no he recibido ningún aviso, porque esta vez me escribió usted para que viniera a verla. - Eso es verdad - contestó Estella con una sonrisa frÃa e indiferente que siempre me dejaba helado. Después de mirar al crepúsculo exterior por espacio de unos momentos, continuó diciendo: - Ha llegado la ocasión de que la señorita Havisham desea que vaya a pasar un dÃa a Satis. Usted tendrá que llevarme allà y, si quiere, acompañarme también al regreso. Ella preferirá que no viaje sola y no le gusta que me haga acompañar por la doncella, porque siente el mayor horror por los chismes de esa gente. ¿Puede usted acompañarme? - ¿Que si puedo, Estella? - De eso infiero que no tiene ningún inconveniente. En tal caso, prepárese para pasado mañana. Ha de pagar de mi bolsa todos los gastos. ¿Se entera bien de esta condición? - La obedeceré - dije. Ésta fue toda la preparación que recibà acerca de aquella visita o de otras semejantes. La señorita Havisham no me escribÃa nunca; ni siquiera vi jamás su carácter de letra. Salimos al dÃa subsiguiente y encontramos a la señorita Havisham en la habitación en donde la vi por primera vez, y creo inútil añadir que no habÃa habido el menor cambio en aquella casa. Mostrábase más terriblemente encariñada con Estella que la última vez en que las vi juntas; repito adrede esta palabra porque en la energÃa de sus miradas y de sus abrazos habÃa algo positivamente terrible. Empezó a hablar de la belleza de Estella; se refirió a sus palabras, a sus gestos, y, temblándole los dedos, se quedó mirándola, como si quisiera devorar a la hermosa joven a quien habÃa criado. Desviando sus ojos de Estella, me miró con tanta intensidad, que no pareció sino que quisiera escudriñar en mi corazón y examinar sus heridas. - ¿Cómo te trata, Pip, cómo te trata? - me preguntó de nuevo con avidez propia de una bruja,incluso en presencia de Estella. Pero cuando nos sentamos por la noche ante su vacilante fuego, se portó de un modo fantástico; porque entonces, después de pasar el brazo de Estella por el suyo propio y de cogerle la mano, la hizo hablar, a fuerza de referirse a lo que Estella le habÃa contado en sus cartas, recordando los nombres y las condiciones de los hombres a quienes habÃa fascinado. Y mientras la señorita Havisham insistÃa sobre eso con la intensidad de una mente mortalmente herida, mantenÃa la otra mano apoyada en su bastón y la barbilla en la mano, en tanto que sus brillantes ojos me contemplaban como pudieran hacerlo los de un espectro. A pesar de lo desgraciado que me hacÃa y de lo amargo que me parecÃa el sentido de mi dependencia y hasta de degradación que en mà despertó, vi en esto que Estella estaba destinada a poner en práctica la venganza de la señorita Havisham contra los hombres y que no me serÃa otorgada hasta que lo hubiese hecho durante cierto tiempo. En aquello me pareció ver también una razón para que, anticipadamente, estuviera destinada a mÃ. Mandándola a ella para atraer, ridiculizar y burlar a los hombres, la señorita Havisham sentÃa la maliciosa seguridad de que ella misma estaba fuera del alcance de todos los admiradores y de que todos los que tomaran parte en aquel juego estaban ya seguros de perder. Comprendà también que yo, asimismo, debÃa ser atormentado, por una perversión de sus sentimientos, aun cuando me estuviera reservado el premio. Todo aquello me daba a entender la razón de que, por espacio de tanto tiempo, hubiera sido rechazado, asà como el motivo de que mi tutor pareciera poco decidido a enterarse de aquel plan. En una palabra, por todo lo que se ofrecÃa a mis miradas, vi a la señorita Havisham tal como la habÃa contemplado siempre, y advertà la precisa sombra de la oscurecida y malsana casa en que su vida habÃase ocultado de la luz del sol. Las bujÃas que alumbraban aquella estancia ardÃan en unos candelabros fijos en la pared. Estaban a cierta altura del suelo y tenÃan el especial brillo de la luz artificial en una atmósfera pocas veces renovada. Mientras yo miraba las luces y el débil resplandor que producÃan, y mientras contemplaba también los relojes parados y los blanqueados objetos del traje nupcial que estaban sobre la mesa y en el suelo, asà como el terrible rostro, de expresión fantástica, cuya sombra proyectaba, muy aumentada, en la pared y el techo el fuego del hogar, vi en todo aquello la escena que mi mente me habÃa recordado tantas veces. Mis pensamientos se fijaron en la gran habitación inmediata, más allá del rellano de la escalera en donde se 145 hallaba la gran mesa, y me pareció verlos escritos, entre las telarañas del centro de la mesa, por las arañas que se encaramaban al mantel, por la misma fuga de los ratones, cuando amparaban sus apresurados y pequeños corazones detrás de los arrimaderos, y por los tanteos y las paradas de los escarabajos que habÃa por el suelo. Con ocasión de aquella visita ocurrió que, de pronto, surgió una desagradable discusión entre Estella y la señorita Havisham. Era aquélla la primera vez que las vi expresar sentimientos opuestos. Estábamos sentados ante el fuego, según ya he descrito, y la señorita Havisham tenÃa aún el brazo de Estella pasado por el suyo propio y continuaba cogiendo la mano de la joven, cuando ésta empezó a desprenderse poco a poco. Antes de eso habÃa demostrado ya cierta impaciencia orgullosa, y de mala gana soportó el feroz cariño, aunque sin aceptarlo ni corresponder a él. - ¿Cómo? - exclamó la señorita Havisham dirigiéndole una centelleante mirada -. ¿Estás cansada de mÃ? - No; tan sólo cansada de mà misma - replicó Estella desprendiendo su brazo y acercándose hacia la gran chimenea, donde se quedó mirando el fuego. - Di la verdad de una vez, ingrata - exclamó la señorita Havisham con acento apasionado y golpeando el suelo con su bastón -. ¿Estás cansada de mÃ? Estella la miró con perfecta compostura y de nuevo dirigió los ojos al fuego. Su graciosa figura y su hermoso rostro expresaban una contenida indiferencia con respecto al ardor de su interlocutora, que era casi cruel. - Eres de piedra - exclamó la señorita Havisham. - Tienes el corazón de hielo. - ¿Cómo es posible - replicó Estella, siempre indiferente, mientras se inclinaba sobre la chimenea y moviendo los ojos tan sólo - que me reproche usted el ser frÃa? ¡Usted! - ¿No lo eres? - contestó, irritada, la señorita Havisham. - DeberÃa usted saber - dijo Estella - que soy tal como usted me ha hecho. A usted le corresponde toda alabanza y todo reproche. A usted se deberá el éxito o el fracaso. En una palabra, usted es la que me ha hecho tal como soy. - ¡Oh, miradla! ¡Miradla! - exclamó la señorita Havisham con amargo acento-. ¡Miradla tan dura y tan ingrata en el mismo hogar en que fue criada! ¡Aquà fue donde la tomé para ampararla en mi desgraciado pecho, que aún sangraba de sus heridas, y aquà también donde le dediqué muchos años y mucha ternura! - Por lo menos, yo no tenÃa voz ni voto en eso - dijo Estella -, porque cuando ello ocurrió apenas si podÃa hablar y andar. No podÃa hacer nada más. Pero ¿qué esperaba usted de mÃ? Ha sido usted muy buena conmigo y se lo debo todo. ¿Qué quiere ahora? - Amor - contestó la otra. - Ya lo tiene usted. - No - contestó la señorita Havisham. - Es usted mi madre adoptiva - replicó Estella sin abandonar su graciosa actitud y sin levantar la voz como hacÃa su interlocutora, es decir, sin dejarse arrastrar por la cólera o por la ternura. - Es usted mi madre adoptiva, y ya he dicho que se lo debo todo. Cuanto poseo, le pertenece libremente. Cuanto me ha dado, podrá recobrarlo asà que lo ordene. Después de eso, ya no tengo nada. ¿Y ahora me pide que le devuelva lo que jamás me dio? Mi gratitud y mi deber no pueden hacer imposibles. - ¿Que no te amé nunca? - exclamó la señorita Havisham volviéndose dolorida hacia mà -. ¿Que no le dediqué mi ardiente amor, siempre lleno de celos y de dolor? ¿Es posible que ahora me hable asÃ? Estoy viendo que va a llamarme loca. - ¿Cómo podrÃa hacerlo - replicó Estella - y cómo podrÃa creerla a usted loca, entre todas las demás personas? ¿Acaso existe alguien que, como yo, conozca tan bien los decididos propósitos de usted? ¿Acaso alguien sabe mejor que yo la extremada memoria que usted tiene? ¿Yo, que me he sentado ante este mismo hogar, en el taburetito que ahora está al lado de usted, aprendiendo sus lecciones y levantando los ojos para ver su rostro, cuando éste tenÃa extraña expresión y me asustaba? -Pronto lo has olvidado - exclamó la señorita Havisham con acento de queja-. Pronto has olvidado aquellos tiempos. - No, no los he olvidado - contestó Estella -, sino, al contrario, su recuerdo es para mà un tesoro. ¿Cuándo pudo usted observar que yo no haya seguido sus enseñanzas? ¿Cuándo ha visto que no hiciera caso de sus lecciones? ¿Cuándo ha podido advertir que admitiera en mi pecho algo que usted excluyera? Por lo menos, sea justa conmigo. - ¡Qué orgullosa, qué orgullosa! - dijo la señorita Havisham con triste acento echando su gris cabello hacia atrás con ambas manos. 146 - ¿Quién me enseñó a ser orgullosa? - replicó Estella. - ¿Quién me alabó cuando yo aprendà mis lecciones? - ¡Qué dura de corazón! - añadió la señorita Havisham repitiendo el ademán anterior. - ¿Quién me enseñó a ser insensible? - contestó Estella. - ¡Pero orgullosa y dura para mÃ… ! - La señorita Havisham gritó estas palabras mientras extendÃa los brazos. - ¡Estella! ¡Estella! ¡Estella! ¡Eres dura y orgullosa para mÃ! La joven la miró un momento con apacible extrañeza, pero no demostró inquietarse por aquellas palabras. Y un momento después volvió a mirar el fuego. - No puedo comprender - dijo levantando los ojos después de corto silencio - por qué es usted tan poco razonable cuando vuelvo a verla después de una separación. Jamás he olvidado sus errores y las causas que los motivaron. Nunca le he sido infiel a usted ni a sus enseñanzas. Jamás he dado pruebas de ninguna debilidad de que pueda arrepentirme. - ¿SerÃa, acaso, debilidad corresponder a mi amor? - exclamó la señorita Havisham -. Pero sÃ, sÃ, ella lo creerÃa asÃ. - Empiezo a creer - dijo Estella como hablando consigo misma, después de otro momento de extrañeza por su parte - que ya entiendo cómo ha ocurrido todo esto. Si usted hubiera educado a su hija adoptiva en el oscuro retiro de estas habitaciones, sin darle a entender que existe la luz del sol, y luego, con algún objeto, hubiese deseado que ella comprendiera lo que era esa luz y conociera todo lo relacionado con ella, entonces usted se habria disgustado y encolerizado. La señorita Havisham, con la cabeza entre las manos, estaba sentada y proferÃa un leve quejido, al mismo tiempo que se mecÃa ligeramente sobre su asiento, pero no contestó. - O bien - continuó Estella, - lo que es más probable, si usted la hubiese enseñado, desde que empezó a apuntar su inteligencia, que en el mundo existe algo como la luz del sol, pero que ella habÃa de ser su enemiga y su destructora, razón por la cual deberÃa evitarla siempre, porque asà como la marchitó a usted la marchitarÃa también a ella; si usted hubiese obrado asÃ, y luego, con un objeto determinado, deseara que aceptase naturalmente la luz del dÃa y ella no pudiera hacerlo, tal vez se habrÃa usted enojado y encolerizado. La señorita Havisham estaba escuchando o, por lo menos, me pareció asÃ, porque no podÃa verle el rostro, pero tampoco dio respuesta alguna. - AsÃ, pues - siguió Estella -, debe tomárseme como he sido hecha. El éxito no es mÃo; el fracaso, tampoco, y los dos juntos me han hecho tal como soy. La señorita Havisham se habÃa sentado en el suelo, aunque yo no sé cómo lo hizo, entre las mustias reliquias nupciales diseminadas por él. Aproveché aquel momento, que habÃa esperado desde un principio, para abandonar la estancia después de llamar la aðÃêÍU ðÃêÍU €yêÍU û‚êÍU XăêÍU ăêÍU 25 ăêÍU ante la gran chimenea, del mismo modo que antes. El gris cabello de la señorita Havisham estaba esparcido por el suelo, entre las demás ruinas nupciales, y el espectáculo resultaba doloroso, Con deprimido corazón me fui a pasear a la luz de las estrellas durante una hora, más o menos, recorriendo el patio y la fábrica de cerveza, asà como también el abandonado jardÃn. Cuando por fin recobré ánimo bastante para volver a la estancia, encontré a Estella sentada en las rodillas de la señorita Havisham, remendando una de aquellas antiguas prendas de ropa que ya se caÃan a pedazos y que he recordado muchas veces al contemplar los andrajos de los viejos estandartes colgados en los muros de las catedrales. Más tarde, Estella y yo jugamos a los naipes, como en otros tiempos, aunque con la diferencia de que ahora los dos éramos hábiles y practicábamos juegos franceses. Asà transcurrió la velada, y por fin fui a acostarme. Lo hice en la construcción separada que habÃa al otro lado del patio. Era la primera vez que dormÃa en la casa Satis, y el sueño se negaba a cerrar mis ojos. Me asediaban un millar de señoritas Havisham. Ella parecÃa estar situada al lado de la almohada, sobre ésta misma, en la cabecera del lecho, a los pies, detrás de la puerta medio abierta del tocador, en el mismo tocador, en la habitación que estaba encima de mà y hasta en el tejado y en todas partes. Por último, en vista de la lentitud con que transcurrÃa la noche, hacia las dos de la madrugada me sentà incapaz de continuar allà y me levanté. Me vestà y salà a través del patio, en dirección al largo corredor de piedra, deseoso de salir al patio exterior y pasear allà un poco para tranquilizar mi mente. Pero apenas estuve en el corredor apagué la bujÃa, pues vi que la señorita Havisham pasaba a poca distancia, con aspecto espectral y sollozando levemente. La seguà a distancia y vi que subÃa la escalera. Llevaba en la mano una bujÃa sin palmatoria que, probablemente, tomó de uno de los 147 candelabros de su propia estancia, y a su luz no parecÃa cosa de este mundo. Me quedé en la parte inferior de la escalera y sentà el olor peculiar del aire confinado de la sala del festÃn, aunque sin ver que ella abriese la puerta; luego oà cómo entraba allà y que se dirigÃa a su propia estancia para volver a la sala del festÃn, pero siempre profiriendo su leve sollozo. Poco después, y en las tinieblas más profundas, traté de salir para volver a mi habitación; pero no pude lograrlo hasta que los primeros resplandores de la aurora me dejaron ver dónde ponÃa mis manos. Durante todo aquel intervalo, cada vez que llegaba a la parte inferior de la escalera oÃa los pasos de la señorita Havisham, veÃa pasar el resplandor de la bujÃa que llevaba y oÃa su incesante y débil sollozo. Al dÃa siguiente, antes de marcharnos, no pude notar que se reprodujera en lo más mÃnimo la disensión entre ella y Estella, ni tampoco se repitió en ninguna ocasión similar, y, por lo menos, recuerdo cuatro visitas. Tampoco cambiaron en modo alguno las maneras de la señorita Havisham con respecto a Estella, a excepción de que me pareció advertir cierto temor confundido con sus caracterÃsticas anteriores. Es imposible volver esta hoja de mi vida sin estampar en ella el nombre de Bentley Drummle; de poder hacerlo, lo suprimirÃa con gusto. En cierta ocasión, cuando los Pinzones celebraban una reunión solemne, y cuando se brindó del modo usual para desear la mayor armonÃa entre todos, aunque ninguno lo manifestaba a sus çompañeros, el Pinzón que presidÃa llamó al orden a la «Enramada», puesto que el señor Drummle no habÃa brindado aún por ninguna dama; lo cual le correspondÃa hacer aquel dÃa, de acuerdo con las solemnes constituciones de la sociedad. Me pareció que me miraba con cierta burla mientras los vasos circulaban por entre la reunión, pero eso no era de extrañar dado el estado de nuestras relaciones anteriores. Cuál no serÃa, pues, mi sorpresa y mi indignación cuando anunció a los reunidos que iba a brindar por Estella. - ¿Qué Estella? - pregunté. - No le importa nada - replicó Drummle. - ¿Estella qué? - repetà -. Está usted obligado a decir de dónde es esa señora. Y, en efecto, como Pinzón que era, estaba obligado a ello. - Es de Richmond, caballeros - dijo Drummle contestando indirectamente a mi pregunta -, y una belleza sin par. - Mucho sabrá de bellezas sin par ese miserable idiota - murmuré al oÃdo de Herbert. - Yo conozco a esa señorita - dijo éste en cuanto se hubo pronunciado el brindis. - ¿De veras? - preguntó Drummle. - Y yo también - añadÃ, con el rostro encarnado. - ¿De veras? - repitió Drummle -. ¡Dios mÃo! Ésta era la única respuesta, exceptuando el tirar vasos o loza, que aquel muchachón era capaz de dar; pero me irritó tanto como si fuese tan ingeniosa como maligna, e inmediatamente me puse en pie, diciendo que era un atrevimiento indigno el brindar por una dama a la que no conocÃa y de la que nada sabÃa. Entonces el señor Drummle se levantó, preguntándome qué querÃa decir. Y yo le dirigà la grave respuesta de que él ya sabÃa dónde podrÃa encontrarme. Después de esto hubo divididas opiniones entre los Pinzones acerca de si era posible o no terminar el asunto apaciblemente. Y la discusión se empeñó de tal manera que por lo menos otros seis miembros honorables dijeron a otros tantos que ya sabÃan dónde podrÃan encontrarlos. Sin embargo, se decidió por fin que la «Enramada» era una especie de tribunal de honor; que si el señor Drummle presentaba una prueba, por pequeña que fuera, de la dama en cuestión, manifestando que habÃa tenido el honor de conocerla, el señor Pip deberÃa presentar sus excusas por la vehemencia de sus palabras, cual corresponde a un caballero y a un Pinzón. Se fijó el dÃa siguiente para presentar tal prueba, pues de lo contrario se habrÃa podido enfriar nuestro honor, y, en efecto, Drummle apareció con una cortés confesión escrita por Estella en la cual decÃa que tuvo el honor de bailar con él algunas veces. Esto no me dejó más recurso que presentar mis excusas por mi vehemencia y retirar mis palabras de que ya sabÃa Drummle dónde podrÃa encontrarme. Mientras la «Enramada» discutÃa acerca del caso, Drummle y yo nos quedamos mirándonos y gruñéndonos uno a otro durante una hora, hasta que al fin se dio por terminado el asunto. Lo refiero ahora ligeramente, pero entonces no tenÃa para mà tal aspecto, porque no puedo expresar de un modo adecuado el dolor que me produjo la sola idea de que Estella concediese el más pequeño favor a un individuo tan estúpido y desagradable como aquél. Y aun ahora mismo creo que tal sentimiento, por mi parte, se debÃa tan sólo a la generosidad de mi amor por ella y que eso era lo que me hacÃa lamentar que se hubiese fijado en aquel imbécil. Indudablemente, yo me habrÃa sentido desgraciado cualquiera que fuese la 148 persona a quien ella hubiese favorecido, pero también es seguro que un individuo más digno me hubiera causado un grado de dolor bastante diferente. Me fue fácil convencerme, y pronto lo averigüé, de que Drummle habÃa empezado a cortejar a Estella y que ella le permitÃa hacerlo. HacÃa ya algún tiempo que no la dejaba ni a sol ni a sombra, y él y yo nos cruzábamos todos los dÃas. Drummle seguÃa cortejándola con la mayor insistencia y testarudez, y Estella le permitÃa continuar; a veces le daba alientos, otras parecÃa rechazarlo, otras lo lisonjeaba, en ocasiones le despreciaba abiertamente y en algunas circunstancias le reconocÃa con gusto, en tanto que, en otras, apenas parecÃa recordar quién era. La Araña, como el señor Jaggers le habÃa llamado, estaba acostumbrado a esperar al acecho y tenÃa la paciencia propia de esos repugnantes animales. Además, tenÃa una testaruda y estúpida confianza en su dinero y en la grandeza de su familia, lo cual a veces le era beneficioso y equivalÃa a la concentración de intenciones y a propósitos decididos. AsÃ, la Araña cortejaba con la mayor tozudez a Estella, alejando a otros insectos mucho más brillantes, y con frecuencia abandonaba su escondrijo y se aparecÃa en el momento más oportuno. En un baile particular que se dio en Richmond, pues en aquella época solÃan celebrarse esas fiestas, y en el cual Estella consiguió dejar en segundo término a todas las demás bellezas, aquel desvergonzado de Drummle casi no se apartó de su lado, con gran tolerancia por parte de ella, y eso me decidió a hablar a la joven con respecto a él. Aproveché la primera oportunidad, que se presentó cuando Estella esperaba a la señora Brandley para que la acompañara a casa. Entonces, Estella estaba sentada frente a algunas flores y dispuesta ya a salir. Yo me hallaba a su lado, porque solÃa acompañarla a la ida y a la vuelta de semejantes fiestas. - ¿Está usted cansada, Estella? - Un poco, Pip. - Es natural. - Diga usted que serÃa más natural que no lo estuviera, porque antes de acostarme he de escribir mi carta acostumbrada a la señorita Havisham. - ¿Para referirle el triunfo de esta noche? - dije yo. - No es muy halagüeño, Estella. - ¿Qué quiere usted decir? Que yo sepa, no he tenido ningún éxito. - Estella - dije -, haga el favor de mirar a aquel sujeto que hay en aquel rincón y que no nos quita los ojos de encima. - ¿Para qué quiere que le mire? - dijo Estella fijando, por el contrario, sus ojos en mÃ. - ¿Qué hay de notable en aquel sujeto del rincón para que le mire? - Precisamente ésa es la pregunta que querÃa dirigirle – dije. - Ha estado rondándola toda la noche. -Las polillas y toda suerte de animales desagradables - contestó Estella dirigiéndole una mirada - suelen revolotear en torno de una bujÃa encendida. ¿Puede evitarlo la bujÃa? - No - contesté -. Pero ¿no podrÃa evitarlo Estella? - ¡Quién sabe! - contestó -. Tal vez sÃ. SÃ. Todo lo que usted quiera. - Haga el favor de escucharme, Estella. No sabe usted cuánto me apena ver que alienta a un hombre tan despreciado por todo el mundo como Drummle. Ya sabe usted que todos le desprecian. - ¿Y qué? - dijo ella. - Ya sabe usted también que es tan torpe por dentro como por fuera. Es un individuo estúpido, de mal carácter, de bajas inclinaciones y verdaderamente degradado. - ¿Y qué? - repitió. - Ya sabe que no tiene otra cosa más que dinero y una ridÃcula lista de ascendientes. - ¿Y qué? - volvió a repetir. Y cada vez que pronunciaba estas dos palabras abrÃa más los ojos. Para vencer la dificultad de que me contestara siempre con aquella corta expresión, yo repetà también: - ¿Y qué? Pues eso, precisamente, es lo que me hace desgraciado. De haber creÃdo entonces que favorecÃa a Drummle con la idea de hacerme desgraciado a mÃ, habrÃa sentido yo cierta satisfacción; pero, siguiendo el sistema habitual en ella, me alejó de tal manera del asunto, que no pude creer cierta mi sospecha. - Pip - dijo Estella mirando alrededor -. No sea usted tonto ni se deje impresionar por mi conducta. Tal vez esté encaminada a impresionar a otros y quizás ésta sea mi intención. No vale la pena hablar de ello. - Se engaña usted - repliqué -, porque me sabe muy mal que la gente diga que derrama usted sus gracias y sus atractivos en el más despreciable de todos cuantos hay aquÃ. - Pues a mà no me importa - dij o Estella. - ¡Oh Estella, no sea usted tan orgullosa ni tan inflexible! 149 - ¿De modo que me llama usted orgullosa e inflexible, y hace un momento me reprochaba por fijar mi atención en ese imbécil? - No hay duda de que lo hace usted asà - dije con cierto apresuramiento -, porque esta misma noche la he visto sonreÃrle y mirarle como jamás me ha sonreÃdo ni mirado a mÃ. ¿Quiere usted, pues - replicó Estella con la mayor seriedad y nada encolerizada -, que le engañe como engaño a los demás? - ¿Acaso le quiere engañar a él, Estella? - No sólo a él, sino también a otros muchos… , a todos, menos a usted… Aquà está la señora Brandley. Ahora no quiero volver a hablar de eso. Y ahora que he dedicado un capÃtulo al tema que de tal modo llenaba mi corazón y que con tanta frecuencia lo dejaba dolorido, podré proseguir para tratar del acontecimiento que tanta influencia habÃa de tener para mà y para el cual habÃa empezado a prepararme antes de saber que en el mundo existÃa Estella, en los dÃas en que su inteligencia infantil estaba recibiendo sus primeras distorsiones por parte de la señorita Havisham. En el cuento oriental, la pesada losa que habÃa de caer sobre el majestuoso sepulcro de un conquistador era lentamente sacada de la cantera; el agujero destinado a la cuerda que habÃa de sostenerla se abrÃa a través de leguas de roca; la losa fue lentamente levantada y encajada en el techo; se pasó la cuerda y fue llevada a través de muchas millas de agujero hasta atarla a la enorme silla de hierro. Y después de dejarlo todo dispuesto a fuerza de mucho trabajo, llegó la hora señalada; el sultán se levantó en lo más profundo de la noche, empuñó el hacha que habÃa de servir para separar la cuerda de la anilla de hierro, golpeó con ella y la cuerda se separó, alejándose, y cayó el techo. Asà ocurrió en mi caso. Todo el trabajo, próximo o lejano, que tendÃa al mismo fin, habÃase realizado ya. En un momento se dio el golpe, y el tejado de mi castillo se desplomó sobre mÃ.