Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas Como estaba abandonado a mà mismo, avisé mi intención de dejar libres las habitaciones que ocupaba en el Temple en cuanto terminase legalmente mi contrato de arrendamiento y que mientras tanto las realquilarÃa. En seguida puse albaranes en las ventanas, porque como tenÃa muchas deudas y apenas algún dinero, empecé a alarmarme seriamente acerca del estado de mis asuntos. Mejor debiera escribir que deberÃa haberme alarmado, de tener bastante energÃa y clara percepción mental para darme cuenta de alguna verdad, aparte del hecho de que me sentÃa muy enfermo. Los últimos sucesos me habÃan dado energÃa bastante para aplazar la enfermedad, pero no para vencerla; luego vi que iba a apoderarse de mÃ, y poco me importaba lo demás, porque nada me daba cuidado alguno. Durante uno o dos dÃas estuve echado en el sofá, en el suelo… , en cualquier parte, según diese la casualidad de que me cayera en un lugar o en otro. TenÃa la cabeza pesada y los miembros doloridos, pero ningún propósito ni ninguna fuerza. Luego llegó una noche que me pareció de extraordinaria duración y que pasé sumido en la ansiedad y el horror; y cuando, por la mañana, traté de sentarme en la cama y reflexionar acerca de todo aquello, vi que era tan incapaz de una cosa como de otra. Ignoro si, en realidad, estuve en Garden Court, en plena noche, buscando la lancha que me figuraba hallarÃa allÃ, o si dos o tres veces me di cuenta, aterrado, de que estaba en la escalera y, sin saber cómo, habÃa salido de la cama; otra vez me pareció verme en el momento de encender la lámpara, penetrado de la idea de que él subÃa la escalera y de que todas las demás luces estaban apagadas; también me molestó bastante una conversación, unas carcajadas y unos gemidos de alguien, y hasta llegué a sospechar que tales gemidos los hubiese proferido yo mismo; en otra ocasión creà ver en algún oscuro rincón de la estancia una estufa de hierro, y me pareció oÃr una voz que repetidamente decÃa que la señorita Havisham se estaba consumiendo dentro. Todo eso quise aclararlo conmigo mismo y poner algún orden en mis ideas cuando, aquella mañana, me vi en la cama. Pero entre ellas y yo se interponÃa el vapor de un horno de cal, desordenándolas por completo, y a través de aquel vapor fue cuando vi a dos hombres que me miraban. - ¿Qué quieren ustedes? - pregunté sobresaltado. - No los conozco. 221 - Perfectamente, señor - replicó uno de ellos inclinándose y tocándome el hombro. - Éste es un asunto que, según creo, podrá usted arreglar en breve; pero, mientras tanto, queda detenido. - ¿A cuánto asciende la deuda? - A ciento veintitrés libras esterlinas, quince chelines y seis peniques. Creo que es la cuenta del joyero. - ¿Qué puedo hacer? - Lo mejor es ir a mi casa - dijo aquel hombre. - Tengo una habitación bastante confortable. Hice algunos esfuerzos para levantarme y vestirme. Cuando me fijé en ellos de nuevo, vi que estaban a alguna distancia de la cama y mirándome. Yo seguÃa echado. - Ya ven ustedes cuál es mi estado - dije - Si pudiese, los acompañarÃa, pero en realidad no me es posible. Y si se me llevan, me parece que me moriré en el camino. Tal vez me replicaron, o discutieron el asunto, o trataron de darme ánimos para que me figurase que estaba mejor de lo que yo creÃa. Pero como en mi memoria sólo están prendidos por tan débil hilo, no sé lo que realmente hicieron, a excepción de que desistieron de llevárseme. Después tuve mucha fiebre y sufrà mucho. Con, frecuencia, perdÃa la razón, y el tiempo me pareció interminable. Sé que confundà existencias imposibles con mi propia identidad; me figuré ser un ladrillo en la pared de la casa y que deseaba salir del lugar en que me habÃan colocado los constructores; luego creà ser una barra de acero de una enorme máquina que se movÃa ruidosamente y giraba como sobre un abismo, y, sin embargo, yo imploraba en mi propia persona que se detuviese la máquina, y la parte que yo constituÃa en ella se desprendió; en una palabra, pasé por todas esas fases de la enfermedad, según me consta por mis propios recuerdos y según comprendà en aquellos dÃas. Algunas veces luchaba con gente real y verdadera, en la creencia de que eran asesinos; de pronto comprendÃa que querÃan hacerme algún bien, y entonces me abandonaba exhausto en sus brazos y dejaba que me tendiesen en la cama. Pero, sobre todo, comprendà que habÃa una tendencia constante en toda aquella gente, pues, cuando yo estaba muy enfermo, me ofrecÃan toda suerte de extraordinarias transformaciones del rostro humano y se presentaban a mà con tamaño extraordinario; pero sobre todo, repito, observé una decidida tendencia, en todas aquellas personas, a asumir, más pronto o más tarde, el parecido de Joe. En cuanto hubo pasado la fase más peligrosa de mi enfermedad empecé a darme cuenta de que, asà como cambiaban todos los demás detalles, este rostro conocido no se transformaba en manera alguna. Cualesquiera que fuesen las variaciones por las que pasara, siempre acababa pareciéndose a Joe. Al abrir los ojos, por la noche, veÃa a Joe sentado junto a mi cama. Cuando los abrÃa de dÃa, le veÃa sentado junto a la semicerrada ventana y fumando en su pipa. Cuando pedÃa una bebida refrescante, la querida mano que me la daba era también la de Joe. Después de beber me reclinaba en mi almohada, y el rostro que me miraba con tanta ternura y esperanza era asimismo el de Joe. Por fin, un dÃa tuve bastante ánimo para preguntar: - ¿Es realmente Joe? - SÃ; Joe, querido Pip - me contestó aquella voz tan querida de mis tiempos infantiles. - ¡Oh Joe! ¡Me estás destrozando el corazón! MÃrame enojado, Joe. ¡Pégame! Dime que soy un ingrato. No seas tan bu eno conmigo. Eso lo dije porque Joe habÃa apoyado su cabeza en la almohada, a mi lado, y me rodeó el cuello con el brazo, feliz en extremo de que le hubiese conocido. - Cállate, querido Pip - dijo Joe. - Tú y yo siempre hemos sido buenos amigos. Y cuando estés bien para dar un paseo, ya verás qué alondras cazamos. Dicho esto, Joe se retiró a la ventana y me volvió la espalda mientras se secaba los ojos. Y como mi extrema debilidad me impedÃa levantarme a ir a su lado, me quedé en la cama murmurando, lleno de remordimientos: - ¡Dios le bendiga! ¡Dios bendiga a este hombre cariñoso y cristiano! Los ojos de Joe estaban enrojecidos cuando le vi otra vez a mi lado; pero entonces le tomé la mano y los dos fuimos muy felices. - ¿Cuánto tiempo hace, querido Joe? - ¿Quieres saber, Pip, cuánto tiempo ha durado tu enfermedad? - SÃ, Joe. - Hoy es el último dÃa de mayo. Mañana es primero de junio. - ¿Y has estado siempre aquÃ, querido Joe? - Casi siempre, Pip. Porque, como dije a Biddy cuando recibimos por carta noticias de tu enfermedad, carta que nos entregó el cartero, el cual, asà como antes era soltero, ahora se ha casado, a pesar de que 222 apenas le pagan los paseos que se da y los zapatos que gasta, pero el dinero no le importa gran cosa, porque ante todo deseaba casarse… - ¡Qué agradable me parece oÃrte, Joe! Pero te he interrumpido en lo que dijiste a Biddy. - Pues fue - dijo Joe - que, como tú estarÃas entre gente extraña, y como tú y yo siempre hemos sido buenos amigos, una visita en tales momentos serÃa bien recibida, y Biddy me dijo: «Vaya a su lado sin pérdida de tiempo.» Éstas - añadió Joe con la. mayor solemnidad - fueron las palabras de Biddy: «Vaya usted a su lado sin pérdida de tiempo.» En fin, no te engañaré mucho - añadió Joe después de graves reflexiones - si te digo que las palabras de Biddy fueron: «Sin perder un solo minuto.» Entonces se interrumpió Joe y me informó que no debÃa hablar mucho y que tenÃa que tomar un poco de alimento con alguna frecuencia, tanto si me gustaba como si no, pues habÃa de someterme a sus órdenes. Yo le besé la mano y me quedé quieto, en tanto que él se disponÃa a escribir una carta a Biddy para transmitirle mis cariñosos recuerdos. Sin duda alguna, Biddy habÃa enseñado a escribir a Joe. Mientras yo estaba en la cama mirándole, me hizo llorar de placer al ver el orgullo con que empezaba a escribir la carta. Mi cama, a la que se habÃan quitado las cortinas, habÃa sido trasladada, mientras yo la ocupaba, a la habitación que se usaba como sala, por ser la mayor y la más ventilada. HabÃan quitado de allà la alfombra, y la habitación se conservaba fresca y aireada de dÃa y de noche. En mi propio escritorio, que estaba en un rincón lleno de botellitas, Joe se dispuso a realizar su gran trabajo. Para ello escogió una pluma de entre las varias que habÃa, como si se tratase de un cajón lleno de herramientas, y se arremangó los brazos como si se dispusiera a empuñar una palanca de hierro o un martillo de enormes dimensiones. Tuvo necesidad de apoyarse pesadamente en la mesa sobre su codo izquierdo y situar la pierna derecha hacia atrás, antes de que pudiese empezar, y, cuando lo hizo, cada uno de sus rasgos era tan lento que habrÃa tenido tiempo de hacerlos de seis pies de largo, en tanto que cada vez que dirigÃa la pluma hacia arriba, yo la oÃa rechinar ruidosamente. TenÃa la curiosa ilusión de que el tintero estaba en un lugar en donde realmente no se hallaba, y repetidas veces hundÃa la pluma en el espacio y, al parecer, quedaba muy satisfecho del resultado. De vez en cuando se veÃa interrumpido por algún serio problema ortográfico, pero en conjunto avanzaba bastante bien, y en cuanto hubo firmado con su nombre, después de quitar un borrón, trasladándolo a su cabeza por medio de los dedos, se levantó y empezó a dar vueltas cerca de la mesa, observando el resultado de su esfuerzo desde varios puntos de vista, muy satisfecho. Con objeto de no poner a Joe en un apuro si yo hablaba mucho, aun suponiendo que hubiera sido capaz de ello, aplacé mi pregunta acerca de la señorita Havisham hasta el dÃa siguiente. Cuando le pregunté si se habÃa restablecido, movió la cabeza. - ¿Ha muerto, Joe? - Mira, querido Pip - contestó Joe en tono de reprensión y con objeto de darme la noticia poco a poco, - no llegaré a afirmar eso; pero el caso es que no… - ¿Que no vive, Joe? - Esto se acerca mucho a la verdad - contestó Joe. - No vive. - ¿Duró mucho, Joe? - Después de que tú te pusiste malo, duró casi… lo que tú llamarÃas una semana - dijo Joe, siempre decidido, en obsequio mÃo, a darme la noticia por grados. - ¿Te has enterado, querido Joe, a quién va a parar su fortuna? - Pues mira, Pip, parece que dispuso de la mayor parte de ella en favor de la señorita Estella. Aunque parece que escribió un codicilo de su propia mano, pocos dÃas antes del accidente, dejando unas cuatro mil libras esterlinas al señor Mateo Pocket. ¿Y por qué te figuras, Pip, que dejó esas cuatro mil libras al señor Pocket? Pues as consecuencia de lo que Pip le dijo acerca de Mateo Pocket. Según me ha informado Biddy, esto es lo que decÃa el codicilo: «a consecuencia de lo que Pip me dijo acerca de Mateo Pocket». ¡Cuatro mil libras, Pip! Estas palabras me causaron mucha alegrÃa, pues tal legado completaba la única cosa buena que yo habÃa hecho en mi vida. Pregunté entonces a Joe si estaba enterado acerca de los legados que hubieran podido recibir los demás parientes. - La señorita Sara - contestó Joe - recibirá veinticinco libras esterlinas cada año para que se compre pÃldoras, pues parece que es biliosa. La señorita Georgiana recibirá veinte libras esterlinas. La señora… , ¿cómo se llaman aquellos extraños animales que tienen joroba, Pip? - ¿Camellos? - dije, preguntándome para qué querrÃa saberlo. - Eso es - dijo Joe -. La señora Camello… Comprendà entonces que se referÃa a la señora Camilla. 223 - Pues la señora Camello recibirá cinco libras esterlinas para que se compre velas, a fin de que no esté a oscuras por las noches cuando se despierte. La exactitud de estos detalles me convenció de que Joe estaba muy bien enterado. - Y ahora - añadió Joe - creo que hoy ya estás bastante fuerte para que te dé otra noticia. El viejo Orlick cometió un robo con fractura en una casa. - ¿De quién? - pregunté. - Realmente se ha convertido en un criminal - dijo Joe, - porque el hogar de un inglés es un castillo y no se debe asaltar los castillos más que en tiempos de guerra. Parece que entró violentamente en casa de un tratante en granos. - ¿Entró, acaso, en la morada del señor Pumblechook? - Eso es, Pip - me contestó Joe -, y le quitaron la gaveta; se quedaron con todo el dinero que hallaron en la casa, se le bebieron el vino y se le comieron todo lo que encontraron, y, no contentos con eso, le abofetearon, le tiraron de la nariz, le ataron al pie de la cama y, para que no gritase, le llenaron la boca con folletos que trataban de jardinerÃa. Pero Pumblechook conoció a Orlick, y éste ha sido encerrado en la cárcel del condado. AsÃ, gradualmente, llegamos al momento en que ya podÃamos hablar con toda libertad. Recobré las fuerzas con mucha lentitud, pero avanzaba sin cesar, de manera que cada dÃa estaba mejor que el anterior. Joe permanecÃa constantemente a mi lado, y yo llegué a figurarme que de nuevo era el pequeño Pip. La ternura y el afecto de Joe estaban tan proporcionados a mis necesidades, que yo no era más que un niño en sus manos. SolÃa sentarse a mi lado y me hablaba con la antigua confianza que habÃa reinado entre ambos, con la misma sencillez que en los tiempos pasados y del modo protector que habÃa conocido siempre en él, hasta el punto de que llegué a sentir la ilusión de que toda mi vida, a partir de los dÃas pasados en la vieja cocina, no habÃa sido más que una de tantas pesadillas de la fiebre que habÃa desaparecido ya. HacÃa en mi obsequio todo lo necesario, a excepción de los trabajos domésticos, para los cuales contrató a una mujer muy decente, después de despedir a la lavandera el mismo dÃa de su llegada. - Te aseguro, Pip - decÃa Joe para justificar la libertad que se habÃa tomado, - que sorprendà en la cama de repuesto un agujero hecho por ella, como si se tratase de un barril de cerveza, y que habÃa llenado ya un cubo de plumas para venderlas. Luego no hay duda de que también se habrÃa llevado las plumas de tu propia cama, a pesar de que estuvieras tendido en ella, y que más tarde se llevarÃa el carbón, los platos y hasta los licores. Esperábamos con verdadera ansia el dÃa en que podrÃa salir a dar un paseo, asà como en otros tiempos habÃamos esperado la ocasión de que yo entrase a ser su aprendiz. Y cuando llegó este dÃa y entró un carruaje abierto en la callejuela, Joe me abrigó muy bien, me levantó en sus brazos y me bajó hasta el coche, en donde me sentó como si aún fuese el niño pequeño e indefenso en quien tan generosamente empleara la riqueza de su espléndida persona. Joe se sentó a mi lado y juntos salimos al campo, en donde se manifestaba ya el verano en los árboles y en las plantas, mientras sus aromas llenaban el aire. Casualmente, aquel dÃa era domingo, y cuando observé la belleza que me rodeaba y pensé en cómo se habÃa transformado y crecido todo y en cómo se habÃan formado las flores silvestres y afirmado las vocecillas de los pájaros, de dÃa y de noche, sin cesar, bajo el sol y bajo las estrellas, mientras, pobre de mÃ. estaba tendido, ardiendo y agitándome en mi cama, el recuerdo de haber sido molestado por la fiebre y por la inquietud en mi lecho pareció interrumpir mi paz. Pero cuando oà las campanas del domingo y miré un poco más a la belleza que me rodeaba, comprendà que en mi corazón no habÃa aún bastante gratitud, pues la misma debilidad me impedÃa incluso la plenitud de este sentimiento, y apoyé la cabeza en el hombro de Joe, como en otros tiempos, cuando me llevaba a la feria o a otra parte cualquiera, y cual si el espectáculo que tenÃa delante fuese demasiado para mis juveniles sentidos. Me calmé poco después, y entonces empezamos a hablar como solÃamos, sentados en la hierba, junto a la BaterÃa. No habÃa el menor cambio en Joe. Era exactamente el mismo ante mis ojos; tan sencillamente fiel y justo como siempre. Cuando estuvimos de regreso me levantó y me condujo con tanta facilà5yêÍU à5yêÍU ÐxsêÍU pîpêÍU H6yêÍU 6yêÍU ²+ 6yêÍU cimientos, en que me llevó a cuestas por los marjales. Aún no habÃamos hecho ninguna alusión a mi cambio de fortuna, y por mi parte ignoraba de qué cosas estaba enterado acerca de la última parte de mi historia. Estaba tan receloso de mà mismo y confiaba tanto en él, que no podÃa resolverme a tratar de aquello en vista de que él no lo hacÃa. - ¿Estás enterado, Joe - le pregunté aquella misma noche, después de reflexionarlo bien y mientras él fumaba su pipa junto a la ventana - de quién era mi protector? 224 - Me enteré - contestó Joe - de que no era la señorita Havisham. - ¿Supiste quién era, Joe? - Tengo entendido que fue la persona que mandó a la otra persona que te dio los dos billetes de una libra esterlina en Los Tres Alegres Barqueros, Pip. - Asà es. - ¡Asombroso! - exclamó Joe con la mayor placidez. - ¿Sabes que ya murió, Joe? - le pregunté con creciente desconfianza. - ¿Quién? ¿El que mandó los billetes, Pip? - SÃ. - Me parece - contestó Joe después de larga meditación y mirando evasivamente hacia el asiento que habÃa junto a la ventana - como si hubiese oÃdo que ocurrió algo en esa dirección. - ¿OÃste hablar algo acerca de sus circunstancias, Joe? - No, Pip. - Si quieres que lo diga, Joe… - empecé, pero él se levantó y se acercó a mi sofá. - Mira, querido Pip - dijo inclinándose sobre mÃ, - siempre hemos sido buenos amigos, ¿no es verdad? Yo sentà vergüenza de contestarle. -Pues, entonces, muy bien-dijo Joe como si yo hubiese contestado. - Ya estamos de acuerdo, y no hay más que hablar. ¿Para qué tratar de asuntos que entre nosotros son absolutamente innecesarios? Hay asuntos de los que no necesitamos hablar para nada. ¡Dios mÃo! ¡Y pensar en cuando se enfadaba tu pobre hermana! ¿Te acuerdas de «Thickler»? - SÃ, Joe. - Pues mira, querido Pip – dijo. - Hice cuanto pude para que tú y «Thickler» estuvierais separados lo más posible, pero mi facultad de lograrlo no siempre estaba de acuerdo con mis inclinaciones. Porque cuando tu pobre hermana estaba resuelta a pegarte – añadió, - no habrÃa sido nada raro que me pegase a mà también si yo mostrase la menor oposición, y, además, la paliza que habrÃas recibido hubiera sido seguramente mucho más fuerte. De eso estoy seguro. Ya comprendes que no me habrÃa importado en absoluto el que me tirase de una patilla, ni que me sacudiera una o dos veces, si con ello hubiese podido evitarte todos los golpes. Pero cuando, además de un tirón en las patillas o de algunas sacudidas, yo veÃa que a ti te pegaba con más fuerza, comprendÃa la inutilidad de interponerme, y por eso me preguntaba: «¿Dónde está el bien que haces al meterte en eso?» El mal era evidente, pero el bien no podÃa descubrirlo por ninguna parte. ¿Y te parece que ese hombre obraba bien? - Claro que sÃ, querido Joe. - Pues bien, querido Pip - añadió él. - Si ese hombre obraba siempre bien, no hay duda de que también hacÃa bien al abstenerse muchas veces, a pesar de su deseo, de que tú y «Thickler» estuvierais separados lo más posible. Por consiguiente, no hay que tratar de asuntos innecesarios. Biddy se esforzó mucho, antes de mi salida, en convencerme de eso, porque tengo la cabeza muy dura. Y ahora que estamos de acuerdo, no hay que pensar más en ello, sino que lo que nos conviene es que cenes, que bebas un poco de agua con vino y luego que te metas entre sábanas. La delicadeza con que Joe evitó el tratar de aquel asunto y el tacto y la bondad con que Biddy le habÃa preparado para eso me impresionaron extraordinariamente. Pero ignoraba aún si Joe estaba enterado de mi pobreza y de que mis grandes esperanzas se habÃan desvanecido como nuestras nieblas de los marjales ante los rayos del sol. Otra cosa en Joe que no pude comprender cuando empezó a ser aparente fue la siguiente: a medida que me sentÃa mejor y más fuerte, Joe parecÃa no estar tan a gusto conmigo. Durante los dÃas de debilidad y de dependencia entera con respecto a él, mi querido amigo habÃa vuelto a adoptar el antiguo tono con que me trataba y, además de tutearme, se dirigÃa a mà como cuando yo era chiquillo, y eso era para mis oÃdos una agradable música. Yo también, por mi parte, habÃa vuelto a las costumbres de mi infancia y le agradecÃa mucho que me lo permitiese. Pero, imperceptiblemente, Joe empezó a abandonar tales costumbres, y aunque al principio me extrañé de ello, pronto pude comprender que la causa estaba en mà y que mÃa también era toda la culpa. No hay duda de que yo habÃa dado a Joe motivos para dudar de mi constancia y para pensar que en mi prosperidad me olvidaba de él. Sin duda alguna, el inocente corazón de Joe comprendió de un modo instintivo que, a medida que yo me reponÃa, más se debilitaba la influencia que sobre mà ejercÃa, y que valÃa más que él, por sà mismo, mostrase cierta reserva antes de que yo me alejase. En mi tercera o cuarta salida a los jardines del Temple, apoyado en el brazo de Joe, pude observar en él, y muy claramente, este cambio. HabÃamos estado sentados tomando la cálida luz del sol y mirando al rÃo, cuando yo dije, en el momento de levantarnos: 225 - Mira, Joe, ya puedo andar por mà mismo y sin apoyo ajeno. Ahora vas a ver como vuelvo solo a casa. - No debes hacer esfuerzos extraordinarios, Pip - contestó Joe; - pero con mucho gusto veré que es usted capaz, señor. Estas últimas palabras me disgustaron mucho, pero ¿cómo podÃa reconvenirle por ellas? No pasé de la puerta del jardÃn y fingà estar más débil de lo que realmente me encontraba, rogando a Joe que me permitiese apoyarme en su brazo. Joe consintió, pero se quedó pensativo. Por mi parte, también lo estaba, y no solamente por el deseo de impedir que se realizase este cambio en Joe, sino por la perplejidad en que me sumÃan mis pensamientos, que me remordÃan cruelmente. Me avergonzaba decirle cuál era mi situación y cómo habÃa llegado a ella; pero creo que mi repugnancia en contarle todo eso no era completamente indigna. Sin duda alguna, él querrÃa ayudarme con sus pequeñas economÃas, y, por mi parte, me decÃa que no era posible consentÃrselo. Ambos pasamos aquella velada muy preocupados, pero antes de acostarnos resolvà esperar al dÃa siguiente, que era domingo, y con la nueva semana empezarÃa mi nuevo comportamiento. El lunes por la mañana hablarÃa a Joe acerca de este cambio, dejarÃa a un lado el último vestigio de mi reserva y le dirÃa cuáles eran mis pensamientos (advirtiendo al lector que aquel segundo lugar no habÃa llegado aún) y por qué habÃa decidido no ir al lado de Herbert, y de este modo no dudaba de que habrÃa vencido para siempr el cambio que en él notaba. A medida que me mostraba más franco, Joe me imitaba, como si él hubiese llegado a alguna resolución. Pasamos apaciblemente el dÃa del domingo y luego salimos al campo para pasear. - No sabes lo que me alegro de haber estado enfermo, Joe - le dije. - Querido Pip, casi ya estás bien. Ya está usted bien, caballero. - Esta temporada la recordaré toda la vida, Joe. - Lo mismo me ocurre a mÃ, señor - contestó Joe. - Hemos pasado juntos un tiempo muy agradable, Joe, y, por mi parte, no puedo olvidarlo. En otra época pasamos un tiempo juntos, que yo habÃa olvidado últimamente; pero te aseguro que no olvidaré esta última temporada. -Pip-dijo Joe, algo turbado en apariencia.- No sabes cuántas alondras ha habido. Mi querido señor, lo que haya ocurrido entre nosotros… ha ocurrido. Por la noche, en cuanto me hube acostado, Joe vino a mi cuarto, como habÃa hecho durante toda mi convalecencia. Me preguntó si tenÃa la seguridad de estar tan bien como la mañana anterior. - SÃ, Joe. Casi completamente igual. - ¿Estás cada dÃa más fuerte, querido Pip? - SÃ, Joe, me voy reforzando cada vez más. Joe dio con su enorme mano algunas palmadas cariñosas sobre la sábana que me cubrÃa el hombro y con voz que me pareció ronca dijo: - Buenas noches. Cuando me levanté a la mañana siguiente, descansado y vigoroso, estaba ya resuelto a decÃrselo todo a Joe sin más demora. Le hablarÃa antes de desayunar. Me proponÃa vestirme en seguida y dirigirme a su cuarto para darle una sorpresa, porque aquél era el primer dÃa en que me levanté temprano. Me dirigà a su habitación, pero observé que no estaba allÃ, y no solamente no estaba él, sino que también habÃa desaparecido su baúl. Apresuradamente me dirigà hacia la mesa en que solÃamos desayunarnos, y en ella encontré una nota escrita, cuyo breve contenido era éste: «Deseando no molestarte, me he marchado porque ya estás completamente bien, querido Pip, y te encontrarás mejor cuando estés solo. »Joe P. S.: Siempre somos buenos amigos». Unido a la carta habÃa el recibo por la deuda y las costas en virtud de lo cual habÃan querido detenerme. Hasta aquel momento, yo me habÃa figurado que mi acreedor habÃa retirado o suspendido la demanda en espera de mi total restablecimiento, pero jamás me imaginé que Joe la hubiese pagado. Asà era, en efecto, y el recibo estaba extendido a su nombre. ¿Qué podia hacer yo, pues, sino seguirle a la vieja y querida fragua y allà hablarle con el corazón en la mano y expresarle mi arrepentimiento, para luego aliviar mi corazón y mi mente de aquella segunda 226 condición que habÃa empezado siendo algo vago en mis propias ideas, hasta que se convirtió en un propósito decidido? Lo cual era que irÃa ante Biddy, que le mostrarÃa cuán humilde y arrepentido volvÃa a su lado; le dirÃa cómo habÃa perdido todas mis esperanzas y le recordarÃa nuestras antiguas confidencias en la época feliz de mi vida. Luego le dirÃa: «Biddy, creo que alguna vez me quisiste, cuando mi errante corazón, a pesar de que se alejaba de ti, se sentÃa más tranquilo y mejor contigo que en compañÃa de otra persona cualquiera. Si ahora me quieres tan sólo la mitad de entonces, si puedes aceptarme con todas mis faltas y todas mis desilusiones, si puedes recibirme como a un niño a quien se ha perdonado, y en realidad, Biddy, estoy tan apesadumbrado como si lo fuese, y necesito tanto una voz cariñosa y una mano acariciadora como si todavÃa fuese pequeño, si todo eso puede ser, creo que ahora soy algo más digno de ti que en otro tiempo, no mucho, desde luego, pero sà algo. Y, además, Biddy, tú has de decir si me dedico a trabajar en la fragua con Joe o si busco otras ocupaciones en esta región o me marcho a un paÃs distante, en donde me espera una oportunidad que desprecié al serme ofrecida, hasta que conociera tu respuesta. Y ahora, querida Biddy, si me dices que podrás ir a través del mundo de mi brazo, harás que ese mundo sea más benigno para conmigo y que yo sea mejor para con él, mientras yo lucharé para convertirlo en lo que tú mereces». Tal era mi propósito. Después de tres dÃas, durante los cuales adelantó algo mi restablecimiento, fui a mi pueblo para ponerlo en ejecución. Y no hay que decir con cuánta prisa me encaminé allá.