Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas ¡Dios mÃo! Por fin habÃa llegado. Ahora observarÃan que el aguardiente estaba aguado, y en tal caso podÃa darme por perdido. Con ambas manos me agarré con fuerza a la pata de la mesa, por debajo del mantel, y esperé mi destino.
Mi hermana salió en busca de la botella de piedra, volvió con ella y sirvió una copa de aguardiente, pues nadie más quiso beber licor. El desgraciado, bromeando con la copita, la tomó, la miró al trasluz y la volvió a dejar sobre la mesa, prolongando mi ansiedad. Mientras tanto, la señora Joe y su marido desocupaban activamente la mesa para servir el pastel y el pudding.
Yo no podÃa apartar la mirada del tÃo Pumblechook. Siempre agarrado con las manos y los pies a la pata de la mesa, vi que el desgraciado tomaba, jugando, la copita, sonreÃa, echaba la cabeza hacia atrás y se bebÃa el aguardiente. En aquel momento, todos los invitados se quedaron consternados al observar que el tÃo Plumblechook se ponÃa en pie de un salto, daba varias vueltas tosiendo y bailando al mismo tiempo y echaba a correr hacia la puerta; entonces fue visible a través de la ventana, saltando violentamente, expectorando y haciendo horribles muecas, como si estuviera loco.