Grandes Esperanzas

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Poco a poco me calmé lo bastante para soltar la mesa y comer el pudding que me sirvieron. El señor Plumblechook también comió de él, y lo mismo hicieron los demás. Terminado que fue, el señor Pumblechook empezó a mostrarse satisfecho bajo la influencia maravillosa de la ginebra y del agua. Yo empezaba a pensar que podría salvarme aquel día, cuando mi hermana ordenó a Joe:

— Trae platos limpios y fríos.

Nuevamente me agarré a la pata de la mesa y oprimí contra ella mi pecho, como si el mueble hubiese sido el compañero de mi juventud y mi amigo del alma. Preveía lo que iba a suceder y comprendí que ya no había remedio para mí.

— Quiero que prueben ustedes dijo mi hermana, dirigiéndose amablemente a sus invitados , quiero que prueben, para terminar, un regalo delicioso del tío Pumblechook.

¡Dios mío! Ya podían perder toda esperanza de probarlo.

— Tengan en cuenta - añadió mi hermana levantándose - que se trata de un pastel. Un sabroso pastel de cerdo.

Los comensales murmuraron algunas palabras de agradecimiento, y el tío Pumblechook, satisfecho por haber merecido bien del prójimo, dijo con demasiada vivacidad, habida cuenta del estado de las cosas:


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