Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas — Espero, Joe, que no los encontrarán.
Y él me contestó:
— DarÃa con gusto un chelÃn porque se hubiesen escapado, Pip.
No se nos reunió nadie del pueblo, porque el tiempo era frÃo y amenazador, el camino desagradable y solitario, el terreno muy malo, la oscuridad inminente y todos estaban sentados junto al fuego dentro de las casas celebrando la festividad. Algunos rostros se asomaron a las iluminadas ventanas para mirarnos, pero nadie salió. Pasamos más allá del poste indicador y nos dirigimos hacia el cementerio, en donde nos detuvimos unos minutos, obedeciendo a la señal que con la mano nos hizo el sargento, en tanto que dos o tres de sus hombres se dispersaban entre las tumbas y examinaban el pórtico. Volvieron sin haber encontrado nada y entonces empezamos a andar por los marjales, atravesando la puerta lateral del cementerio. La cellisca, que parecÃa morder el rostro, se arrojó contra nosotros llevada por el viento del Este, y Joe me subió sobre sus hombros.