Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

CAPÍTULO III UNA DECEPCIÓN

El fiscal tenía que decir a los jurados que el acusado, aunque joven en edad, era ya viejo en la práctica de la traición, crimen capital que merecía la pena de muerte. Que las relaciones del acusado con el enemigo público no databan de hoy, ni de ayer, ni aun del año pasado o del anterior, pues era cierto que hacía mucho tiempo que Charles Darnay iba continuamente de París a Londres, y de Londres a París, para urdir negocios secretos de los que no había podido dar una explicación convincente. Que, si el criminal hubiera podido salir airoso de sus culpables empresas (lo cual por fortuna no sucedió), su profunda maldad no se habría conocido nunca, en vista de la infame habilidad que desplegaba en sus tenebrosos manejos; pero que la Providencia había inspirado en el corazón de un hombre de bien, sin reproche así como sin temor, la idea de descubrir los planes del traidor, y, lleno de horror, había dado parte de su descubrimiento al primer ministro de su majestad. Que este hombre puro y leal, cuya conducta y actitud no habían dejado un solo instante de ser sublimes, se presentaba como testigo, pues, a pesar de haber sido íntimo amigo del acusado, desde el día a la vez propicio y doloroso en que se cercioró de la culpabilidad de quien merecía su aprecio, resolvió sacrificar en el ara sagrada de la patria al infame al que no podía ya amar ni apreciar. Que, si se alzaran estatuas en Inglaterra a los bienhechores públicos como antiguamente en Grecia y en Roma, probablemente se erigiría una a la gloria de tan excelente ciudadano, pero que, no siendo costumbre inglesa, recibiría en cambio otro premio digno de su heroicidad. Que la virtud, como grandes poetas han proclamado en muchos pasajes de sus obras, pasajes que el jurado en masa, como no dudaba el fiscal, tenía textualmente en la memoria, que la virtud es contagiosa, en especial esa virtud gloriosa que lleva el nombre de patriotismo, esto es, amor a la patria, y que el sublime ejemplo del testigo sin mancilla, en cuya palabra infalible se apoyaba el órgano de la ley, había despertado en el criado del acusado la santa determinación de registrar los bolsillos de su amo y examinar con cuidado sus papeles secretos. Que él, el fiscal, estaba preparado para escuchar la acusación de mal ciudadano que con seguridad caería sobre el comportamiento de tan admirable servidor, pero que personalmente lo prefería en cierto modo a sus parientes más próximos y lo tenía en mayor aprecio que a su propio padre; y que no esperaba menos del jurado, confiando en que no dejase de dar prueba del sentimiento de equidad en ocasión tan solemne. Que el testimonio del antiguo amigo y del antiguo criado del acusado, unido a los documentos probatorios presentados ante el tribunal, dejaban constancia de una manera incontestable de que el acusado tenía en su poder la lista de las fuerzas de su majestad británica, los planes de campaña que debían seguir los ejércitos ingleses, tanto en tierra como en mar, y no permitían poner en duda que el acusado no tuviera la intención, y hasta el hábito, de transmitir estos preciosos detalles al jefe del pueblo enemigo. Que no era posible demostrar que tales notas estuviesen escritas de puño y letra del acusado, pero que esta circunstancia no disminuía la gravedad del hecho, y era por el contrario una prueba de la maldad que había presidido todas sus viles maquinaciones. Que los debates demostrarían de la manera más evidente que estas prácticas fraudulentas y traidoras databan ya de cinco años, esto es, que se remontaban a la época del primer combate entablado entre los americanos y las tropas del rey de Inglaterra, y que por todos estos motivos los jurados, siendo hombres leales por excelencia, debían necesariamente declarar al acusado culpable del crimen que se le imputaba, independientemente de la repugnancia que pudiera inspirarles la aplicación de la pena impuesta por la ley; y que no tendrían jamás un momento de paz, ni podrían soportar la idea de que sus esposas durmieran o de que sus hijos se sumieran en un sueño apacible, en una palabra, que nunca más podrían, ni ellos ni sus familias, reclinar la cabeza sobre la almohada si no caía la del acusado bajo el hacha del verdugo. El fiscal pedía esta cabeza en nombre de todo cuanto pudiera decir con un giro elocuente, y con la fe solemne que tenía en que el preso era ya hombre muerto y enterrado.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker