Historia de dos ciudades

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CAPÍTULO II EL CORREO

Un viernes por la noche, a finales de noviembre, la carretera de Dover se extendía delante del primer personaje con quien hemos de trabar conocimiento en esta historia. Entre nuestro personaje y el horizonte se hallaba el coche del correo, que subía penosamente la escarpada falda del monte Shooter. Había tanto lodo en el camino, los caballos estaban tan cansados, la subida era tan rápida, la correspondencia abultaba tanto y eran tan hondos los carriles, que los pobres animales se habían parado ya tres veces con la idea subversiva de volverse a las caballerizas. Sin embargo, la acción combinada de las riendas, el látigo, el guardia y el cochero se opusieron en virtud de las leyes de la guerra a tan rebelde designio, y los caballos, lo cual prueba que los irracionales no están desprovistos de razón, se vieron obligados a capitular y a cumplir de nuevo con su deber.

Los cuatro escuálidos jamelgos se hundían en el lodo con la cabeza baja, y, dando sonoros resoplidos, resbalaban, caían y sudaban como quien lleva una carga superior a sus fuerzas. Cada vez que, después de una parada prudente, el conductor los obligaba a continuar la marcha, el caballo delantero, más amenazado por el látigo, sacudía violentamente la cabeza y parecía negar la posibilidad de que el coche llegase a la cima de la cuesta. Cada negativa de estas hacía estremecer a nuestro viajero y le llenaba de dolorosa inquietud.


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