Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Mientras se vertía el último sedimento de la estufa humana que hervía desde la mañana en la sala del tribunal, el doctor Manette; Lucie Manette, su hija; el señor Lorry, representante de la defensa, y su procurador, el señor Stryver, se reunieron alrededor del señor Charles Darnay, felicitándolo por haberse salvado de la muerte.
Habría sido difícil, aun con una claridad más brillante, reconocer en el doctor de rostro inteligente y de ademanes nobles al zapatero del arrabal de Saint Antoine. Sin embargo, el que lo miraba una vez no dejaba de volver a mirarlo, aun cuando no tuviera ocasión de reparar en el timbre doloroso de su voz grave y en el aire distraído que velaba de pronto sus facciones. No solo evocaban en lo profundo de su alma este estado de abstracción una causa exterior o una palabra relativa a sus años de agonía, sino que muchas veces la nube se formaba por sí misma, y tendía sobre los rasgos del antiguo preso una oscuridad tan incomprensible para los que ignoraban su historia como si en un cielo sereno vieran proyectarse la sombra de la Bastilla a pesar de los cuatrocientos cincuenta kilómetros de distancia.
