Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades A pesar de la belleza real del paisaje, la campiña ofrecía un triste aspecto. Se veían algunos campos de trigo, pero desgraciadamente en escaso número, y en cambio se extendían hasta perderse los campos de centeno, y en medio de ellos algunos huertos donde crecían en un terreno agostado hortalizas raquíticas, frutas degeneradas y miserables cebollas. Los productos de la tierra, lo mismo que los hombres y las mujeres que los cultivaban, tenían una tendencia enfermiza a marchitarse, y daba la impresión de que unos y otros vegetaban por fuerza y que solo deseaban dejar de vivir.
El señor marqués, reclinado en el fondo de su carroza de cuatro caballos conducidos por dos postillones, subía penosamente una cuesta escarpada. Cierto sonrojo que cubría su rostro no se debía a ningún exceso impropio de su perfecta educación, ni a ninguna agitación moral, sino únicamente al reflejo del sol al hundirse en el ocaso.
La luz penetraba con un brillo tan vivo en el interior del voluminoso carruaje que, cuando el señor marqués llegó a la cima de la colina, se vio envuelto en raudales de púrpura.
—Esto no durará —dijo, tapándose los ojos con la mano.
