Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Aquella misma noche, el señor Stryver decía a su colega:
—Sydney, prepara otro ponche, porque tengo que darte una buena noticia.
Sydney había estado trabajando sin descanso, lo mismo que las noches anteriores, para poner en orden los papeles del abogado y despachar antes del inicio de las vacaciones todas las causas que este tenía a su cargo. Terminada la tarea y puesto al corriente lo atrasado, el abogado estaría libre de toda ocupación hasta que el mes de noviembre, escoltado de nieblas atmosféricas y legales, trajera grano al molino.
Aquellas noches triplemente laboriosas no habían hecho a Carton más vivo ni más sereno, y únicamente a fuerza de toallas mojadas y de incesantes libaciones había logrado salir airoso de su empeño. Se hallaba en un estado deplorable cuando se quitó el turbante y lo arrojó en el barreño donde lo había empapado varias veces a lo largo de seis horas.
—¿No preparas ese ponche? —le dijo Stryver mirándolo majestuosamente desde el diván.
—Sí.
—Bien. Óyeme: tengo que decirte una cosa que va a sorprenderte y que te hará pensar tal vez que no soy tan hábil como habías creído hasta ahora. Sydney… voy a casarme.
