Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Cuando el coche correo llegó por la tarde sin tropiezo al término de su trayecto, el primer mozo de la Fonda del Rey Jorge abrió la portezuela con cierto respeto, porque en aquellos tiempos se tenía por una heroicidad venir de Londres en invierno con el correo y se felicitaba al viajero que tenía suficiente arrojo para atreverse a acometer tal empresa.
De nuestros tres personajes uno solo debía recibir el parabién por su audacia, pues los otros dos se habían apeado ya en la carretera para dirigirse a sus respectivos destinos. El interior del coche, con su paja húmeda, su mal olor y su oscuridad, parecía la caseta de un perro, y su ocupante, envuelto en una capa peluda, cubierto con una gorra de enormes orejas y lleno de lodo hasta el cogote, se parecía bastante a un perro grande.
—Mozo —preguntó el señor Lorry—, ¿sale mañana algún buque para Calais?
—Sí, señor; si el tiempo continúa así y el viento no es contrario, la marea será favorable y la aprovecharán a las dos de la tarde. ¿He de preparar una cama?
—No me acostaré aún, pero dadme un cuarto y enviad a buscar un barbero.
