Historia de dos ciudades

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CAPÍTULO XVIII NUEVE DÍAS

El día de la boda el sol brillaba intensamente, y el doctor, encerrado en su gabinete, hablaba con Charles mientras la novia, el señor Lorry y la señorita Pross esperaban en la sala para ir a la iglesia. Reconciliada poco a poco con el acontecimiento del día, el aya habría visto en aquel casamiento un verdadero regalo de Dios si en el fondo del alma no hubiese pensado que su hermano Salomon habría sido un mejor novio.

—¿Para llegar a este día —dijo el señor Lorry, que no se cansaba de admirar a Lucie y daba vueltas a su alrededor para ver todos los pormenores de su lindo traje—, para llegar a este día os hice cruzar el Canal a una edad en que podía llevaros en brazos? ¡Bondad divina! ¡Qué poco pensaba entonces en lo que hacía! ¡Qué poco podía yo sospechar la obligación que imponía a nuestro amigo Charles!

—Si no lo pensabais —objetó la positiva señorita Pross—, mal podíais saberlo. Perdéis el tiempo hablando inútilmente.

—No lo niego, pero ¿por qué lloráis? —preguntó el excelente amigo.

—No soy yo la que lloro —respondió la señorita Pross—, sino vos.

—¿Yo, Pross?

El señor Lorry se atrevía entonces de vez en cuando a permitirse alguna familiaridad con el aya.


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