Historia de dos ciudades

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CAPÍTULO XXIII EL INCENDIO NO SE APAGA

También había cambiado la aldea donde murmuraba la fuente y donde todos los días salía el caminero a los caminos para buscar entre las piedras los pocos mendrugos de pan que podía remendar su pobre alma ignorante y su pobre cuerpo empequeñecido. La cárcel edificada en el peñasco tenía un aspecto menos aterrador que en otro tiempo, pues, aunque todavía la custodiaban soldados, su número era menor, y, entre los oficiales que mandaban a los soldados, ni uno solo podía asegurar lo que harían sus hombres en caso de ataque… solo esto: que probablemente no harían lo que les mandasen.

En el campo imperaban la ruina y la desolación. Todas las hojas, todas las matas de hierba y las espigas de cebada o de centeno estaban agostadas como los habitantes de la aldea. Casas, cercados, animales domésticos, hombres, mujeres y niños, y hasta el suelo que sostenía su miseria, todo cuanto abarcaba la mirada era pobre, débil y moribundo.




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