Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¡Salvado! —repetía Lucie.
¿No se cumplía la ilusión que llevaba alimentando quince meses? Charles estaba con ella, y sin embargo temblaba; una vaga inquietud se apoderaba de su alma, y tenía miedo.
¡Estaba el cielo tan sombrío! ¡Era tan voluble la masa y estaba tan sedienta de venganza! ¡Morían todos los días tantos inocentes, tantos desgraciados tan irreprochables como su marido y tan queridos para los que los lloraban! Era incapaz de tranquilizarse; las sombras empezaban a caer; se oía aún el rumor de los carros mortuorios; y ella los seguía con la imaginación: buscaba a su marido en medio de los que conducían al cadalso y, estrechándose contra él para cerciorarse de su presencia, seguía temblando y su terror crecía por momentos.
Su padre se esforzaba en animarla y consideraba su debilidad con superioridad compasiva, lo cual constituía un espectáculo verdaderamente curioso. No se veían ya en él las huellas de la buhardilla de Saint Antoine, ningún recuerdo de los trabajos del zapatero, nada del número 105, nada de la Torre Norte. Había consumado su obra y cumplido su promesa: había salvado a Charles, y toda la familia podía confiar en él.
