Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Sin embargo, como sus ojos no veían más que una imagen adorada, le era difícil aceptar el fallo de sus jueces; lazos poderosos lo unían a la vida, lo que había sucedido los dos días anteriores había duplicado sus fuerzas al devolverle la libertad, y, cuando toda su energía se empleaba en volver a gozar de la felicidad volvían a quitársela. Corrientes tumultuosas se estrellaban en su corazón y en su pensamiento de donde la rebelión ahuyentaba el espíritu de resignación, contra el que, si por un momento hacía caso, su mujer y su hija se revolvían, protestando contra su egoísmo.

Estos fueron al principio los sentimientos del preso; después pensó que no era un oprobio padecer el castigo que le esperaba, que todos los días eran enviados al cadalso un sinfín de inocentes que subían las gradas fatales con paso firme, y que sería en lo venidero un consuelo para los que debían sobrevivir saber que había muerto con serenidad. Por último, tranquilizándose poco a poco, elevó a mayor altura su espíritu y la paz descendió a su alma.

El día iba a expirar cuando recobró toda su presencia de ánimo y, habiéndose permitido comprar luz y recado de escribir, hizo uso de este permiso hasta el momento de apagar las lámparas.


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