La Casa lugubre
La Casa lugubre Jarndyce contra Jarndyce
Si el secreto que pesaba sobre mi corazón me hubiera pertenecido a mí sola, se lo hubiese confiado inmediatamente a Ada, pero no tenía derecho a revelarlo, ni siquiera a mi tutor, a no ser en una circunstancia excepcional. Esta reserva que debía imponerme, cuando sentía, por el contrario, tan vivo el deseo de desahogarme, exigía por mi parte un esfuerzo tanto mayor cuanto me era preciso disimular la inquietud que me causaba. Aunque con frecuencia, cuando ya estaba dormida y todo estaba en silencio, el recuerdo de mi madre me tenía despierta y entristecía mis noches, no me rendí de nuevo, y Ada me encontró como solía ser antes, salvo, naturalmente, en ese punto del que ya he hablado suficiente, y que no tengo intención de mencionar más, si puedo evitarlo.
