La Casa lugubre
La Casa lugubre Un combate
Llegamos a la Casa lúgubre el dÃa fijado, y fuimos recibidos de la manera más tierna y afectuosa. HabÃa recobrado mis fuerzas y al volver a encargarme de mis llaves, que resonaban alegremente como las campanas de Navidad, exclamé, para mis adentros:
—¡A tu deber, Esther, a tu deber! Si no lo cumples con alegrÃa hasta el fin, serás indigna de las atenciones y del amor que te prodigan.
Tuve que hacer tantas cosas en los primeros dÃas, tantas cuentas que arreglar, tantos armarios que abrir y cerrar, que no me quedó un momento libre. Pero, cuando todo quedó en orden, resolvà ir a pasar una tarde a Londres, para ejecutar un proyecto que me habÃa inspirado la carta de mi madre. Me sirvió de pretexto el deseo de hacer una visita a Caddy Jellyby, y partà un dÃa tan temprano que llegué por la mañana a la Academia de Newman Street. Caddy, que no me habÃa visto desde su matrimonio, se alegró tanto y me manifestó tanto afecto cuando me presenté en su casa, que tuve miedo de que su marido tuviese celos de mÃ, pero él asintió a todas sus vehemencias, mostrándome una satisfacción tan viva como la de su mujercita, y asà me pagaron ambos, con creces, todo el bien que yo les habÃa hecho.
