La Casa lugubre

La Casa lugubre

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XXXVIII

Un combate

Llegamos a la Casa lúgubre el día fijado, y fuimos recibidos de la manera más tierna y afectuosa. Había recobrado mis fuerzas y al volver a encargarme de mis llaves, que resonaban alegremente como las campanas de Navidad, exclamé, para mis adentros:

—¡A tu deber, Esther, a tu deber! Si no lo cumples con alegría hasta el fin, serás indigna de las atenciones y del amor que te prodigan.

Tuve que hacer tantas cosas en los primeros días, tantas cuentas que arreglar, tantos armarios que abrir y cerrar, que no me quedó un momento libre. Pero, cuando todo quedó en orden, resolví ir a pasar una tarde a Londres, para ejecutar un proyecto que me había inspirado la carta de mi madre. Me sirvió de pretexto el deseo de hacer una visita a Caddy Jellyby, y partí un día tan temprano que llegué por la mañana a la Academia de Newman Street. Caddy, que no me había visto desde su matrimonio, se alegró tanto y me manifestó tanto afecto cuando me presenté en su casa, que tuve miedo de que su marido tuviese celos de mí, pero él asintió a todas sus vehemencias, mostrándome una satisfacción tan viva como la de su mujercita, y así me pagaron ambos, con creces, todo el bien que yo les había hecho.


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