La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Sir Leicester considera completamente imposible que quienquiera que tenga la dicha de ser recibido en Chesney Wold pueda carecer de nada, y, encerrándose en una satisfacción llena de grandeza, va y viene en medio de aquella numerosa sociedad en la que produce el efecto de un poderoso refrigerador. Todas las noches, los primos, que han trotado todo el día por la hierba de los caminos, van a los mítines y a las cabinas electorales con guantes de piel de gamo y látigo de caza por los condados, y con guantes de cabritilla y bastón por las aldeas, le cuentan todo lo que han visto en las asambleas electorales, y el respetable barón les dirige una arenga en los postres. A diario, los hombres inquietos que no tienen una ocupación en la vida aparentan estar más bien ocupados. A diario, sir Leicester habla con Volumnia de la situación política, llegando a la conclusión de que ésta es una mujer más formal de lo que había él supuesto.

—¿Cómo van nuestros asuntos? —pregunta la señorita Volumnia con una palmadita—. ¿Estamos a salvo?

Ya casi ha concluido la magna empresa y Doodle se volcará en el país dentro de unos días. Sir Leicester acaba de aparecer en el largo salón después de la cena, una singular estrella brillante rodeada de nubes de primos.


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