La Casa lugubre
La Casa lugubre En el cuarto del señor Tulkinghorn
El señor Tulkinghorn llega a su habitación de la torreta un tanto fatigado del viaje, aunque en realidad lo ha hecho cómodamente y sin precipitación. En su rostro brilla cierta expresión de alegría, como si acabase de cumplir alguna empresa difícil y, a su introvertida manera, se encontrara satisfecho. No puede decirse que se sienta triunfante, pues sería hacerle tanta injusticia como suponerle conmovido por amor o capaz de cualquier sentimiento de ternura. Está formalmente satisfecho. Quizá se incremente su sensación de poder cuando se agarra ligeramente una de sus muñecas venosas con la otra mano y las deja a la espalda paseándose sin ruido arriba y abajo.
