La Casa lugubre

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—¡Vaya! Tendría un gran placer —responde el procurador de manera metódica mientras se frota despacio las manos— en que me asegurase que acepta mi arreglo.

—Pues bien, conforme.

—¡Bravo! Terminaré repitiendo que lo único que tendré en cuenta, en el caso de verme obligado a informar a sir Leicester, serán el honor y los sentimientos del barón y los de la familia. Me hubiera complacido poder tomar igualmente en consideración los intereses de lady Dedlock, pero desgraciadamente es imposible.

—Podré, caballero, dar testimonio de su adhesión y fidelidad.

Permanece inmóvil durante algunos momentos; luego se vuelve y cruza la habitación con la gracia natural y adquirida que no la abandona nunca.

El señor Tulkinghorn le abre las puertas, del mismo modo que lo hubiera hecho antes o diez años atrás, y se inclina hasta el suelo cuando pasa por delante de él. Una mirada extraña contesta en la oscuridad al saludo del procurador; la puerta se cierra y el señor Tulkinghorn se dice para sí que la mujer no parece haber estado sometida a una presión fuera de lo común.


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