La Casa lugubre
La Casa lugubre En el despacho del señor Tulkinghorn
El procurador se traslada de las verdes ondulaciones y de los robles añosos de los Dedlock para ir a recrearse en el calor nauseabundo y el polvo de Londres. El medio que emplea para ir y venir de su casa a la quinta del barón, y vuelta, es uno de los tantos misterios que lo rodean. Llega a Chesney Wold como si viniera de su despacho, y entra en su despacho como si volviera de Lincoln’s Inn Fields; nunca cambia de traje antes de partir y no habla nunca de su viaje. Esta mañana se ha esfumado de su habitación en la torreta, hasta que ahora, al anochecer, se condensa en su propio barrio.
Como un deslustrado gorrión de Londres entre los gorriones posados en esos agradables prados, donde la oveja se ha transformado en pergamino, las cabras en pelucas, el pasto en pienso, el procurador, ahumado y apagado, viviendo entre los humanos, pero sin asociarse a ellos, envejecido sin diversiones de juventud, tan habituado a hacerse un nido en los repliegues y huecos de la naturaleza humana, de la que ignora la grandeza y la bondad, se dirige hacia casa paseando. En el horno formado por los adoquines calientes y los calientes edificios, se ha quedado más cocido de lo habitual y tiene en su sedienta mente su añejo oporto de cincuenta años.
