La Casa lugubre
La Casa lugubre Relato de Esther
Ahora importa poco cuánto pensaba en mi madre, viva, quien me había dicho que la tuviese por muerta para siempre. No me atrevía a acercarme a mi madre, ni a escribir, porque mi sensación del peligro en el que pasaba su vida solo era equiparable a mi miedo a incrementarlo. La idea de que constituía para ella un peligro viviente reanimaba a veces el miedo que había sentido cuando conocí el secreto. No solo evitaba pronunciar su nombre, sino hasta oír hablar de ella, porque temía descubrir el secreto. En más de una ocasión hube de interrumpir bruscamente una conversación, me ponía a contar mentalmente, me repetía alguna frase o salía con cualquier excusa para disimular mi turbación. Ahora soy consciente de que con frecuencia hice esas cosas cuando era posible que no hubiese peligro en que se hablase de ella, pero las hice en el temor de oír algo que quizá la traicionase y que la traicionase por mi causa.
