La Casa lugubre

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XLIV

La carta y la respuesta

A la mañana siguiente, mi tutor me llamó a su cuarto y le conté lo que me faltaba por revelarle. Lo único que había que hacer, me dijo, era guardar el secreto y evitar, en cuanto fuera posible, encuentros como el del día anterior. Comprendía mis sentimientos sobre este punto, los compartía, y se encargó de impedir que el señor Skimpole volviese a la quinta. En cuanto a la persona cuyo nombre no necesitaba mencionarme, era imposible aconsejarla o auxiliarla. Si eran fundadas las sospechas que había concebido contra aquel procurador, y el señor Jarndyce no lo ponía en duda, era casi seguro que sería denunciada. Conocía de vista y por referencias al procurador del señor Leicester, y estaba persuadido de que se trataba de un hombre peligroso. Sucediese lo que sucediese, me repitió con bondad llena de afecto, yo era tan inocente como él y que no estaba en mi mano el evitar nada.

—Y tampoco creo —me dijo— que existan dudas sobre ti, querida. Quizá haya sospechas sin que apunten en esa dirección.

—Estoy tranquila con respecto al procurador en lo que a mí se refiere —respondí—, pero desde que comenzó mi ansiedad me vienen a la cabeza otras dos personas.


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