La Casa lugubre
La Casa lugubre —Eso es mucho —respondió—, y no deseo más, pero no quiero tomarte la palabra. Piensa en lo que te pido, y, si después de reflexionarlo, estás segura de que nada podrá alterar mis sentimientos para contigo, envÃa a Charley dentro de ocho dÃas para que te entregue la carta de la que te he hablado, pero, sobre todo, no la contestes si abrigas la menor duda. Piensa que confÃo en tu sinceridad, en esto y en todo. Si no estás lo bastante segura sobre ese punto, ¡no me la mandes nunca!
—Tutor —le dije—, ya estoy segura, mi convicción no puede cambiar más de lo que cambie usted con respecto a mÃ. Mandaré a Charley por la carta.
Me estrechó la mano y nos separamos. Transcurrió la semana sin que mediara entre nosotros la menor alusión a esta conversación. En la noche del octavo dÃa, cuando estuve sola, le dije a Charley que fuese a llamar a la puerta del señor Jarndyce y le pidiera de mi parte la carta que habÃa escrito. Charley subió algunos escalones, bajó algunos otros, atravesó varios corredores, y nunca les habÃan parecido más largos a mis oÃdos los rodeos de aquella antigua mansión, y asà volvió, por los pasillos, y escaleras abajo y escaleras arriba, y trajo la carta.
—Déjala sobre la mesa, Charley —le dije.