La Casa lugubre

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XLV

En fideicomiso

Una mañana, después de haber terminado con el ajetreo que exigían mis cestas de llaves, me paseaba por el jardín con Ada cuando, al volver los ojos hacia la entrada, vislumbré una sombra que penetraba en ella y que me pareció ser la del señor Vholes. Como precisamente hablábamos de Richard, y Ada me manifestaba la esperanza de verlo renunciar a aquel pleito con el mismo entusiasmo que había puesto en él, me guardé muy bien de hablarle a mi pobre amiga de la sombra que acababa de reconocer.

Pero apenas habían transcurrido algunos minutos desde la llegada del abogado, cuando Charley, saltando entre los arbustos, y tropezándose por los senderos, sonrosada y bonita como si fuera una de las doncellas de Flora en vez de mi doncella, gritó al verme:

—Señorita, por favor, si podría ir a hablar con el señor Jarndyce.

Una de las particularidades de Charley era que siempre que le daban un recado empezaba a transmitirlo en cuanto veía, a distancia, a la persona a quien le concernía. Por lo tanto, vi a Charley preguntarme a su manera de siempre si «podría ir a hablar» con el señor Jarndyce mucho antes de que la oyera. Y cuando lo hice, lo había dicho tantas veces que le faltaba el aliento.


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