La Casa lugubre
La Casa lugubre Testamento de Jo
Mientras recorren las calles, donde las agujas de las iglesias y las distancias se ven tan cercanas y claras a la luz de la mañana que la misma ciudad parece renovada por el descanso, el señor Woodcourt reflexiona sobre lo que va a hacer de Jo. «¿No es extraño —se dice— que en el centro del mundo civilizado sea más difícil dar albergue a una criatura humana que a un perro perdido?» Pero así ocurre, por extraño que le parezca. Y la dificultad se mantiene.
Al principio mira detrás de él cada poco rato para asegurarse de que Jo continúa siguiéndolo realmente. Pero mire cuanto mire, el muchacho sigue andando arrimado a las paredes por la acera opuesta, haciendo su camino con una mano precavida, de ladrillo en ladrillo y de puerta en puerta, y con frecuencia, mientras se restriega, lo mira atentamente. Enseguida convencido de que la última cosa que se le pasa por la mente es escabullirse de él, Allan avanza reflexionando más concentrado en lo que va a hacer.
