La Casa lugubre
La Casa lugubre Por fin en casa
El dÃa habÃa sido muy luminoso y todavÃa más a medida que avanzábamos hacia el oeste. HacÃamos nuestro camino a la luz del sol y el aire fresco, admirando cada vez más la extensión de las calles, el esplendor de las tiendas, el tráfico intenso, y las multitudes de gente a quien el tiempo más agradable parecÃa haber sacado a la calle como flores de muchos colores. Después comenzamos a dejar la increÃble ciudad y continuamos por las afueras que, a mis ojos, hubiesen podido constituir una ciudad muy grande por sà solas. Y por fin llegamos a una carretera en el auténtico campo, con molinos de viento, almiares en los patios, mojones, carretas de granjeros, olores de heno viejo, letreros batientes, y abrevaderos de caballo: árboles, granjas y setos. Delante de nosotros se desplegaba el verde paisaje campestre, y detrás la inmensa capital. Y, al pasar con su música junto a nosotros un coche con una reata de caballos hermosamente enjaezados, con arreos rojos y cascabeles de tintineo argentino, creo que fue tanta nuestra alegrÃa que estuvimos tentados a unir nuestra voz a la de las campanillas.
—Todo en esta carretera me recuerda a mi tocayo Whittington[2] —dijo Richard—, y ese carro es el toque final. ¡Hala! ¿Qué sucede?
