La Casa lugubre

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VI

Por fin en casa

El día había sido muy luminoso y todavía más a medida que avanzábamos hacia el oeste. Hacíamos nuestro camino a la luz del sol y el aire fresco, admirando cada vez más la extensión de las calles, el esplendor de las tiendas, el tráfico intenso, y las multitudes de gente a quien el tiempo más agradable parecía haber sacado a la calle como flores de muchos colores. Después comenzamos a dejar la increíble ciudad y continuamos por las afueras que, a mis ojos, hubiesen podido constituir una ciudad muy grande por sí solas. Y por fin llegamos a una carretera en el auténtico campo, con molinos de viento, almiares en los patios, mojones, carretas de granjeros, olores de heno viejo, letreros batientes, y abrevaderos de caballo: árboles, granjas y setos. Delante de nosotros se desplegaba el verde paisaje campestre, y detrás la inmensa capital. Y, al pasar con su música junto a nosotros un coche con una reata de caballos hermosamente enjaezados, con arreos rojos y cascabeles de tintineo argentino, creo que fue tanta nuestra alegría que estuvimos tentados a unir nuestra voz a la de las campanillas.

—Todo en esta carretera me recuerda a mi tocayo Whittington[2] —dijo Richard—, y ese carro es el toque final. ¡Hala! ¿Qué sucede?


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