La Casa lugubre
La Casa lugubre Los mensajes hicieron despertar en Ada y Richard una vaga sensación, cuyo origen no acertaban a precisar, de que su primo el señor Jarndyce era decididamente contrario a toda muestra de agradecimiento, lo que le hacía recurrir a los más extravagantes subterfugios y evasivas ante toda muestra de reconocimiento o incluso huir de ellas. Ada se acordaba apenas de haberle oído contar a su madre, cuando era muy niña, que en una ocasión fue a darle las gracias con motivo de una de sus numerosas muestras de generosidad poco comunes. Él, que la vio desde la ventana yendo hacia su puerta, escapó por la puerta de atrás de la casa y durante tres meses no se supo de su paradero. Eso constituyó el tema de nuestra conversación, y en realidad lo fue durante todo el día, y apenas hablamos de otra cosa. Si por casualidad nos desviábamos a otro asunto, volvíamos pronto a ese, y nos preguntábamos cómo sería la casa, y si llegaríamos, y si veríamos al señor Jarndyce en cuanto llegásemos o un rato después, y qué nos diría y qué le diríamos. Sobre todo ello nos hacíamos preguntas, una y otra vez.